Cargando indicadores...
Córdoba Logo
Imagen del artículo
Opinión

Estar ahí

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
10 de febrero de 2024

Tras semanas de explicaciones médicas, la autora revela la necesidad de ser escuchada, no informada. La clave: un "recipiente" que acoja el malestar sin juzgar.

Por Olga Leonor Hernández Resulta increíble como una conversación larga, donde te dan explicaciones una tras otra, te deja sintiendo que sigues sin respuestas. Eso me pasó durante varias semanas hace poco tiempo. Médicos, especialistas, enfermeras, hasta la señora del restaurante del hospital, todos amables y amorosos llegaban cargados de explicaciones y perspectivas que yo escuchaba pacientemente y me generaban un enorme agotamiento mental y emocional. Me preguntaba qué tipo de problema podía tener yo que ninguna explicación me era suficiente. ¿Sería que mi ego no me dejaba aceptar que otros tuvieran la razón y no yo? ¿O tal vez mi angustia mermaba mi capacidad de comprensión y por más que me dijeran cosas yo quedaba sintiendo que no me habían dicho nada? ¿En qué tipo de mujer quejona me estaba convirtiendo que ninguna explicación tenía sentido y cerraba mi mente a nuevas comprensiones? Los días pasaron, aprendí un montón de cosas, de esas que uno cree que no iba jamás a tener que aprenderse y regresamos a casa. Ya aquí, en un lugar conocido, empecé a repasar la situación y a revisar esa sensación de vacío que me dejaban esas conversaciones. Entonces lo entendí, es lo mismo que pasa en consulta con mis pacientes, es lo que pasa en las relaciones de pareja, o con los padres y sus hijos: Yo quería que me escucharan, poder plantear mis dudas no para obtener respuestas científicas sino para sacarlas de mi y ponerlas afuera. Muchas veces lo que necesitamos es un recipiente que reciba lo que sentimos sin juzgarlo. El personal que nos atendía siempre sintió que si yo hacía preguntas y estaba preocupada era porque me hacía falta información y respuestas. Necesitas información, necesitas entender, y una vez entiendas te vas a calmar. Nunca fue así, la cantidad de información llegaba y hacía un remolino en la cabeza. No era una negación del diagnóstico, no era resistencia para aceptar una nueva situación. Es que mi mente estaba ocupada, no había podido vaciar mi malestar, entonces toda la nueva información llegaba a revolverse con lo que estaba sintiendo y quedaba un solo mazacote espeso en el que navegaba para mantenerme a flote. Toda esta experiencia me va dejando una comprensión: Si quiero acompañar a alguien debo aprender a estar en silencio y recibir primero todo lo que esa persona necesita liberar. Muchas veces la gente no necesita expertos, solo necesitan expresar lo que sienten a otro que no juzgue su verdadero malestar. Si seguimos creyendo que las personas están angustiadas porque les falta información, nunca vamos a poder escuchar realmente, estaremos preocupados por entregar datos y no por recibir, negándole al otro la posibilidad de vaciarse.