
Esperanzas de paz

El cese al fuego del ELN abre una esperanza de paz en Colombia. Sin embargo, la sinceridad y las complejidades actuales ponen a prueba esta nueva oportunidad de reconciliación.
Por Miguel Mercado Vergara Con los anuncios de cese al fuego por parte del ELN se vislumbra en el panorama nacional una esperanza de paz. No creo que haya colombiano que no se sienta aliviado con la llegada de esta otra oportunidad que se abre para finalizar nuestro conflicto interno. Vuelve a jugar la suerte de la reconciliación, la de la tranquilidad, la de vivir sin las angustias del secuestro, de las bombas y pipetas de temibles explosiones mortales, la de la desaparición de las extorsiones, en fin, retorna la luz de la pacificación nacional. La búsqueda de la paz colombiana es, quizás, la más itinerante del mundo. La evocación más reciente nos lleva a los encuentros de Maguncia, considerado el primer Estado democrático en territorio alemán, luego volamos a Tlaxcala en México, pasamos por el meridiano de Caracas pero en La Habana es donde mayormente se han escenificado los diálogos que últimamente hacen renacer las ilusiones de ser un país sin confrontación interna. Si los anuncios que crean esta nueva expectativa no son francos y sinceros, sumaremos otra frustración. Se sabe que la realidad colombiana actual está rodeada de complejidades que juegan en contra de la paz. Una gran verdad que no puede desconocerse es que las huestes subversivas que creían en la romántica idea de que empuñando un fusil se podía derribar el régimen ya no están inspiradas en esos fines. Todo indica que la lucha ideológica contra el establecimiento ha desaparecido y ha sido sustituida por una más cruenta y de difícil manejo como es la que, en gran parte del país, llevan a cabo agrupaciones sin inspiración política solo interesados en lograr las cuantiosas ganancias que se derivan de las actividades ilícitas como el narcotráfico y la explotación indebida de los recursos naturales como la minería en páramos y fuentes hídricas. Cómo manejar esas bandas, es el gran interrogante. Y, a la par con semejante realidad, se halla un país fracturado y polarizado que no abona el terreno para el entendimiento que se requiere para superar las múltiples dificultades que gravitan en el ámbito nacional. La gran preocupación que late en el ambiente es que si todo se frustra estamos condenados a prolongar, por décadas, una confrontación que no parará el derramamiento de sangre que por más de medio siglo hemos sufrido. [email protected]