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Opinión

Espejo de mercurio

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
3 de noviembre de 2025

En el camposanto, las lápidas no están hechas sólo de mármol. Algunas, silenciosas y antiguas, han sido cinceladas por el tiempo. Otras… con la inasible textura de un recuerdo. Este noviembre, la visita se ha sentido diferente, como si los pétalos de rosas y claveles no cayeran al suelo, sino que se hundieran en un espejo de mercurio, velando por las imágenes de los ausentes.

La santidad no reside en los altares dorados. Se esconde en las manos temblorosas de una madre que amasa tamales para un hijo que partió, en la lágrima que se inmoviliza antes de caer, y en la silla vacía que nadie se atreve a rodar. Los santos y los difuntos parecen beber del mismo aire denso, de una sustancia compartida y sagrada. Los primeros, fulgurantes como estrellas que se asoman al final de una oración; los segundos, transparentes como el vaho de un aliento sobre el cristal empañado. El aire se vuelve un confín donde los sueños y los recuerdos se confunden en una misma marea. Un hombre narra que su padre ha resurgido en el macizo palo de mango que nació en su patio, y que en cada cosecha encuentra la misma sonrisa tallada en su tronco, como una huella secreta. La voz se le quiebra, no de tristeza, sino de esa certidumbre que sólo otorga el milagro cotidiano. Tal vez, el mayor acto de fe no es creer en la vida eterna, sino en la memoria. Creer que un nombre en una lápida no es un final, sino el inicio de una historia que florece en cada recuerdo, en cada anécdota bordada en la mente. Que las almas de los difuntos no se evaporan, sino que se destilan en la forma de un aroma a incienso, en el calor que irradia una vela, en la certeza que el duelo es, en el fondo, la capacidad de amar un fantasma. Esta temporada nos susurra que la muerte no es una línea que se traza, sino una mancha de tinta que se expande, coloreando el presente con los colores intensos de lo que una vez fue. Y en esa llana, la vida y el recuerdo se vuelven una misma acuarela, una obra maestra de lo indistinguible, donde el pasado y el presente se funden en un solo instante eterno… donde el silencio grita nombres y el olvido se desangra en susurros hacia la eternidad.