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Opinión

Español vivo en Colombia

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
29 de diciembre de 2025

Colombia, ese rincón del planeta donde las palabras no sólo se dicen, se tejen con hilos de luna y se sazonan con algo de brizna de estrellas fugaces. Decir si es el país donde mejor se habla el español es debatir si el ajiaco de una abuela lleva más que papas y pollo: ¡asunto de alquimia, no de ingredientes!

Aquí, uno no simplemente "habla"; uno pinta con la voz. El acento, en sus mil y una variaciones —desde el santandereano que reta a las montañas, el paisa que borda historias en las laderas, hasta el costeño que susurra secretos del Caribe—, es una acuarela desafiando la lógica de los diccionarios. Aquí, las eses no se pierden, se toman vacaciones permanentes en la playa, y las jotas, a veces, se transforman en una brisa suave que apenas roza el oído. Nuestra relación con la lengua es un idilio picaresco. Hemos tomado el serio y ceñudo castellano que nos dejaron los ancestros y le hemos colocado tanto un sombrero vueltiao como unas abarcas. ¡Hablamos con chispa! Con capacidad innata de volver un "hola" en una invitación a un café, y un "qué hubo" en un tratado filosófico. Colombia es un país encapsulado. Saborearlo se siente que el idioma español nació en sus tierras, su pronunciación es única. El primer sorbo del jugo de corozo es un despertar, un torbellino carmesí que danza sobre la lengua con la energía primordial de la tierra. En este escenario, el lenguaje no es una norma gramatical estricta, sino un ser vivo que respira, muta y, a veces, se echa a volar. Es el territorio donde "ahorita" puede significar cinco minutos o la próxima era geológica, y donde un "listo" es la palabra mágica que abre todas las puertas. La magia no está en la perfección de la RAE, sino en la imperfección gozosa del día a día. Es la patria de los diminutivos eternos —"un tintico", "un momentico", "la casita"— que no achican las cosas: las llenan de cariño y cercanía, si todo mereciera un abrazo. Colombia no es el país donde "mejor" se habla el español, si por "mejor" se entiende un museo de cera de la corrección. Aquí el español se siente más vivo, más dicharachero, más humano. Cada frase es un conjuro y cada conversación, un cuento que se escribe al instante, bajo un sol cómplice eterna de esta hermosa forma de vivir y hablar.