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Opinión

Esensia

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
22 de septiembre de 2025

La cortina de la superficialidad se cierne sobre nosotros, ¿no es así? Un velo de apariencias nos hace creer que la verdadera felicidad y el éxito se encuentran en las cosas que tenemos o en la imagen que proyectamos.

Pero, ¿qué sucede cuando levantamos esa cortina? ¿Qué encontramos detrás de esa fachada? La respuesta es clara: la verdadera riqueza no se mide por la cantidad de dinero que tenemos en el banco, sino por la gratitud que sentimos, por lo que tenemos. La auténtica felicidad no se encuentra en la búsqueda de la perfección o en la fama, sino en la autenticidad que nos hace únicos. El verdadero éxito no se valora por el título que se alardea o por la cantidad de conocimientos que se posee, sino por el carácter que se demuestra. El éxito es un río que no se mide por el estruendo de sus cascadas, ni por la veta dorada en su lecho, sino por la transparencia de su caudal y la vida que nutre a su paso. No hay corona que pese tanto como el alma que se forja en la calma y la intemperie del carácter, esa urdimbre invisible que teje la fortaleza del ser, mientras los títulos se desvanecen como ecos en el viento y los saberes se vuelven polvo en la gran aventura del tiempo. La vida es un laberinto de espejos. Allí, la realidad se distorsiona y la verdad se esconde. Sin embargo… ¿qué sucede cuando nos perdemos en ese laberinto? ¿Qué hallamos en el camino? Responder a esas fórmulas es más que sencilla: la verdadera esencia de la vida se encuentra en la ofrenda, en la autenticidad, en el carácter y la actitud que poseemos. No es lo que tenemos o lo que hacemos lo que nos define, sino quiénes somos y cómo vivimos nuestra vida. El ser realmente escribe el quid silencioso de la persona que florece en el alma y en el sendero, paso a paso, donde se urde el argumento de nuestra existencia. Y en cuanto a la fe, ¿qué es lo que realmente importa? Es la fe, un hilo de luz que teje el alma con lo divino, un latido de amor que explota en el silencio del corazón. Es la caricia invisible de una presencia que ilumina los abismos de la duda, el refugio en la noche del desamparo, la melodía que une la existencia terrenal con el misterio insondable del Amor Supremo.