
Esencia de la Navidad

Hay un duende que no vive en el Polo Norte ni fabrica juguetes. Habita en el recoveco más vivo del calendario: el fulgor de diciembre. Es un aroma, sustancia sublime que recita las leyes de la física navideña, fecha cuando la gente se afana en colgar bombillas desafiando la economía doméstica y en forrar cajas con mutación cromática.
Depende enteramente de la expectativa de quien la mira. Creen que la Navidad es programada, la cita ineludible con el consumo y el villancico repetitivo. ¡Qué candidez! La auténtica Navidad es un pliegue en el tiempo, una broma cósmica donde solo los iniciados lo comprenden en un guiño. El espíritu navideño es esa picaresca del corazón haciéndote creer que un reno puede surcar el cielo, pero que un abrazo sincero puede frenar la marcha de un reloj de pared. Es la risa del niño que no ha aprendido a diferenciar entre lo posible y lo imposible, y que, por ende, vive en un estado de gracia permanente, ese que perdimos con la primera comunión y el primer "corrientazo" de la adultez. En estas semanas, la realidad se vuelve elástica. Los espejos de las casas mienten piadosamente, reflejando versiones ligeramente más amables de nosotros mismos. Las conversaciones adquieren una profundidad que no tienen en el sopor de agosto. Los objetos inanimados parecen cobrar vida propia: el árbol de Navidad parpadea con inteligencia secreta. Esa vieja figura del pesebre, el pastorcillo cojo, parece arrastrar su pie de barro un centímetro cada medianoche, buscando el ángulo perfecto del portal. El verdadero sentir de la Navidad no se compra, se hurta. Se hurta de la prisa del noticiero, del cinismo del político y de la adultez mal llevada que nos endilgaron. Cuando llegue la Nochebuena, no busquen el espíritu bajo el papel de regalo sino en el vapor que emana una bebida caliente, en la memoria de los que se sientan a la mesa, en el quicio invisible de la puerta, y en la certeza absurda de que, por unos días, la magia es la única moneda de curso legal que acepta la banca del alma. Es un acto de fe, sí, pero no de la que se predica en los púlpitos, sino de la que se siente dentro: la fe, haciendo que las paredes se acerquen por voluntad esencial para brindar calor humano. Esa es la única verdad irrefutable y atemporal que esta época, generosa y pródiga, nos regala.