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Opinión

Entre mito y realidad, tradición y fe

Diva Criado
Diva Criado
Columnista
2 de abril de 2023

La Semana Santa, entre reflexión religiosa y deseos mundanos, preserva costumbres y rituales ancestrales. Recuerdos de infancia revelan prohibiciones y tradiciones enigmáticas.

Por Diva Criado El paréntesis de La Semana Santa, abierto a reflexión religiosa, se convirtió en un período para satisfacer deseos mundanos. Empero, muchos lugares del mundo católico, continúan esas costumbres llenas de simbolismos, rituales y tradiciones. Guardo en mi memoria recuerdos vividos de aquellas épocas de infancia, prácticas que se han ido perdiendo, algunas para bien, otras no tanto. Crecí rodeada de reglas que debían cumplirse. Eran días de luto y penitencia, la sobriedad y el respeto eran la norma. Un rosario de prohibiciones coexistía. Las mujeres no podían entrar sin mantilla a la iglesia, ni los hombres con sombrero; no hacer la genuflexión al entrar era pecado, como era pecado reír, cantar, jugar, pelear, beber, etc. Sabíamos que la Semana Santa estaba cerca, porque comenzaban a salir las chicharras con su ruido ensordecedor. Con su llegada, también iniciaban los fieles creyentes un período de reflexión, penitencia y conversión espiritual. El Domingo de Ramos, las iglesias se atiborraban de gente con ramos elaborados con palma de cera, que luego, eran bendecidas por el Obispo o el cura que oficiaba la misa, se guardaban como protección por “si había una tormenta”. Una tradición poco ecológica, prohibida por la deforestación y la palma en peligro de extinción. Los Jueves Santos eran para alquilar balcón. Era común, ver entrar y salir de la casa de la abuela a las amigas beatas. Vestidas con sus mejores galas de riguroso negro y mantillas abrochadas con peineta en el pelo, medias de seda y entaconadas. La casa de la abuela, siempre estaba llena de gente. Luego, salíamos mayores y niños en peregrinación a visitar los monumentos de las iglesias. Las leyendas de tesoros escondidos que aparecían el Jueves Santo, era algo que le escuchaba a la gente del campo. Historias como la lucecita que se veía a lo lejos, de un alma en pena que pedía “descanso eterno”, era un indicador de que había una “guaca”. Siempre me llamó la atención ver a los santos de las iglesias cubiertos con mantas de terciopelo morado. De mayor, me explicaron dos versiones. La primera, que protegerlos significaba “penitencia”. *Vanguardia.