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Opinión

Entre la soberbia y el ego :Petro ante el nobel de María Corina Machado

Silverio José Herrera Caraballo.
Silverio José Herrera Caraballo.
Columnista
14 de octubre de 2025

La pasada semana mundo político se sorprendió, unos con alegría, otros con incredulidad, lo de Petro fue un golpe a la yugular. : María Corina Machado, símbolo de la resistencia democrática venezolana, ha sido galardonada con el Premio Nobel de la Paz. Un reconocimiento que trasciende fronteras y que reivindica la lucha civil frente a los autoritarismos de la región.

Y mientras la noticia recorría los titulares del planeta, Gustavo Petro aparecía en Bruselas intentando otra de sus maniobras discursivas: proclamarse “uno de los artífices del cese del conflicto en Palestina”. Una declaración tan desmesurada como ridícula, que solo refuerza su desconexión con la realidad y su tendencia a convertir la política exterior en teatro del ego. No es poca cosa adjudicarse méritos en un proceso diplomático en el que ni Colombia ni Petro han tenido participación alguna. Lo que sí es evidente es su deseo de figurar, de ser el protagonista de una historia ajena, justo cuando la verdadera protagonista (una gran mujer venezolana) recibe el máximo reconocimiento internacional por su defensa de la democracia. El contraste no podría ser más irónico: mientras Machado encarna la valentía, Petro exhibe la vanidad. Ella gana un Nobel; él, en cambio, busca micrófonos para colgarse medallas imaginarias. Y todo ello bajo un libreto que ya se le ha vuelto costumbre: exagerar logros, manipular narrativas y disfrazar la falta de resultados con grandilocuencia moral. Es comprensible que un líder quiera tener voz en los asuntos internacionales, pero adjudicarse una autoría inexistente es un acto de impostura. No es diplomacia: es una farsa. La soberbia puede tener cálculo; el ego desbordado, en cambio, es puro extravío. Y eso es lo que define hoy la escena: un presidente que confunde protagonismo con presencia, discurso con acción, y propaganda con política exterior. Mientras Trump (con toda su soberbia) mueve piezas y obtiene réditos mediáticos, Petro se limita a improvisar frases altisonantes. Y aunque intente vender la imagen de un estadista global, la realidad lo muestra más cerca del bufón que del diplomático. Su problema no es de ideología, sino de proporción: no distingue entre la denuncia y la apropiación, entre la legítima aspiración de contribuir y la fantasía de haber dirigido la orquesta. Y cuando la distancia entre lo dicho y lo hecho se hace evidente, el resultado es el mismo de siempre: un dirigente atrapado en su propio espejo, un showman sin escenario real. El Nobel de María Corina Machado debería ser una lección de humildad y de coherencia para quienes aún creen que la retórica sustituye a los hechos. Ella resistió, habló con firmeza y se ganó el respeto internacional. Petro, en cambio, sigue atrapado en la tragicomedia de su ego, creyendo que el mundo entero debe girar a su alrededor. En el fondo, su insistencia en adjudicarse éxitos ajenos no es más que un síntoma de debilidad política: la de quien necesita inventarse relevancia para ocultar su propia irrelevancia. Porque si algo ha quedado claro, es que mientras Machado escribe historia, Petro apenas redacta excusas.