
Entre la pereza y el pedal: canto a la recompensa demorada

Una Semana Santa inolvidable marcó el inicio de un camino de esfuerzo. Un padre, con gestos silenciosos, enseñó a su hijo el valor de la constancia y la recompensa del trabajo duro.
Por Jacque Kerguelén López Fue en una Semana Santa, de esas que se quedan para siempre entre los pliegues del alma, cuando mi padre —con su manera sabia y callada de querer— me empujó al camino del esfuerzo. Cada mañana, sin falta, entraba en mi cuarto y me despertaba jalándome los pies. No decía mucho, pero en ese gesto estaba el llamado: "Vamos, hijo, que el mundo no se conquista entre cobijas". Comenzamos con sesenta kilómetros, y como quien sube peldaños hacia algo invisible, fuimos aumentando la distancia hasta llegar, el Viernes Santo, a los ciento veinte. Una doble hasta Pueblo Nuevo. Sin decirlo con palabras, estábamos negando juntos el dulce hechizo de la gratificación instantánea y eligiendo, en su lugar, la promesa silenciosa de una recompensa sembrada a largo plazo. Dejé las sábanas tibias, la pereza de las mañanas de vacaciones, y sin saberlo del todo, las cambié por un Domingo de Gloria donde sentí el viento en el rostro y el fuego bueno en las piernas. Salimos veinte desde Montería. Fuimos a Planeta Rica, luego La Y, Ciénaga de Oro, y volvimos a casa con un sprint en el Inem. Uno a uno, mis compañeros se iban bajando de la bicicleta. Yo seguía, sorprendido de no cansarme, como si algo dentro de mí —quizás la voluntad, quizás el amor— me empujara sin tregua. Al final, quedamos tres: el Mono Juancho, el boxeador y yo. Ellos, hombres hechos, de veinticinco años. Yo, apenas un muchacho de quince, descubriendo que la constancia tiene música. En el sprint, el Mono ganó con justicia, y yo entré segundo, sin tristeza. Ahí estaba la recompensa. No en el podio, no en los aplausos, sino en ese momento exacto en que comprendí que lo que había ganado era más que una carrera: era el poder de elegir el camino largo, el difícil, el que no todos toman. Y que ese despertar jalándome los pies, cada madrugada, era más que una rutina: era una forma de amor.