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Opinión

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José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
20 de octubre de 2024

Un recinto con atmósfera de múltiples vidas exhala voces virtuales, acentos y homofonías. El hombre habita la palabra, pero el silencio, difícil de alcanzar, revela la esencia.

Por José Arturo Ealo Gaviria Hay recintos de algunas casas que poseen una atmósfera exhalando un vaho de muchas vidas. Podrían ser de fantasmas expresándose en un lenguaje vago o tal vez declamando variedad de lenguas. Cuántas voces virtuales arrimadas en la pared con los diversos niveles del ser. Cuántas palabras con su propia casta en el lugar adecuado de una frase. Sus acentos. Cuántas homofonías falaces. Cuántas cacofonías desvaneciéndose. Gritos expulsando blasfemias. Sermones inútiles. Consejos de tisú. Censuras innecesarias. Odas acribilladas en la indignidad de la adulación. Reclamos injustos, incomprensibles. Esos lugares de etcéteras son inagotables por su misma naturaleza. Como la serie infinita de los números. Y también los sistemas de las hipergalaxias o intercambio de almas. Lo que está escrito, lo que ha sucedido sigue vivo en el rastro y refleja el porvenir en este maremágnum de una mano Creadora omnisciente. Eso que denominamos conciencia quizás estaba grabada en la nada inconcebible antes de formarse el universo. Por necesidad todos, tú y yo, y el otro que alojamos, estábamos incluidos en el punto invisible de antes del principio. En el fotón volátil, en la dispersa nube cósmica del origen, y en el susurro de las playas que besaban las olas antes que un primer reptil emprendiera a colonizar tierra firme, ya se estaban incubando la amígdala y el ojo complejo que nos guía hacia una feria palabras que necesitamos para perdernos y volvernos a encontrar. En todo caso, inventar quiere decir en el sentido exacto de la palabra latina, encontrar. En la palabra habita el hombre. De esa manera lo expresó Heidegger, el gran pensador alemán que influyó mucho en los laberintos con esos juegos de palabras llamados retruécanos de la filosofía del siglo XX. Bien hubiera podido decir que el hombre está recluido en ese recinto con una abundancia de palabras y envuelto en un rumor fantasmal de voces y se abandona a un tumulto de ecos mezclados. Los hombres superiores, los santos y los iluminados, privilegiaron el silencio sobre el ruido de la comunicación que jamás traduce lo esencial: la palabra es inútil para aclararnos del todo lo que parece difuso en la realidad. Pero la conquista del silencio no es fácil. Necesitamos el rumor de las palabras, así no nos sentimos desamparados. No basta callarse contra la ebullición interior de las emociones. Se necesita práctica y método para dirigir el buen curso del pensamiento: encontrar.