
En verdad, resucitó

Tras la resurrección de Jesús, los discípulos dudaban. Un encuentro en Emaús revela la importancia de la palabra divina y la eucaristía como camino a la fe y la vida eterna.
Por Selma Samur de Heenan Jesucristo había anunciado que resucitaría, pero no le entendieron o tal vez, aún peor, no le creyeron. A tal punto de que sus mismos apóstoles se sintieron absolutamente perdidos por su muerte, y muy sorprendidos ante la evidencia de la resurrección. Siendo apenas un rumor la desaparición del cuerpo de Jesús o su posible resurrección, Él se acerca a dos discípulos que iban cabizbajos de Jerusalén a Emaús. Los escucha contar un relato sobre lo que a su maestro le había sucedido, y sin darles pistas de lo acontecido por esos días, pasa a explicarles las escrituras para que entendieran que nada se escapaba a la Voluntad de Dios. Al oírlo, sienten en su corazón un ardor especial que los emociona mucho y lo invitan a quedarse esa noche en casa de uno de ellos. Durante la cena, después de que Jesús toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se los da, es que pueden verlo realmente y comprenden que su cuerpo no fue robado, que realmente ha resucitado. Con esta certeza en sus corazones, a ambos les regresa la fortaleza y el gozo que habían perdido. Este pasaje bíblico nos confirma dos cosas. La primera es que la Palabra de Dios es absolutamente importante para nuestra vida, es luz para nuestros pasos y fuente de sabiduría. Leyendo la sagrada Palabra, nuestro corazón arde, se enaltece y puede mantenerse en la senda trazada que nos conduce hacia la meta. Y la segunda nos ratifica que es en el pan de vida, en la sagrada Eucaristía, donde realmente encontramos a Jesús de cuerpo presente, sin barreras que nos impidan reconocerlo y recibirlo en nuestro interior. Expresar con palabras lo que significa el regalo de tener a un Jesús vivo y a nuestro alcance, nunca será suficiente. Jesucristo es el Cordero bajado del Cielo. Así se encuentra afirmado en la Biblia y en el Evangelio de San Juan donde se resume todo: "Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo". Juan 6, 50-51