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Opinión

En defensa de las comparaciones injustas contra los animales

Pablo Villadiego
Pablo Villadiego
Columnista
13 de octubre de 2023

Las comparaciones entre animales y humanos a menudo distorsionan la verdadera naturaleza animal. Es hora de cuestionar estas expresiones y reconocer la injusticia que implican.

Por Pablo Rosselli Cock Los animales son objeto de comparaciones odiosas y ominosas que con frecuencia no se ajustan a su verdadera naturaleza. Expresiones como: "más bruto que un burro", un dócil animal que va por la vida pisando seguro y no se preocupa por nimiedades; "ella es una zorra", si se quiere decir que una mujer es casquivana, cuando una zorra es un animal maternal que sale por la noche a pasear con sus crías y es cauta en sus movimientos; "ese hombre es un perro" al calificar a alguien de infiel o traicionero, y no existe alguien más fiel e incondicional sobre la faz de la tierra que un can; o, qué tal cuando dicen: "come como un cerdo", que, si bien no gozan de buenos modales, no lo hacen peor que muchos individuos que conozco; "véanlo tan gallina", y la ponedora da la vida en defensa de sus huevos o sus polluelos con una valentía digna de exaltar. Si los animales hablaran, con seguridad usarían al hombre para describir las bajezas de la vida y dirían: "es torpe como humano, es más hipócrita que un humano; tan cruel como un humano; es más sucio o más deshonesto que un humano; es cobarde como un humano". Sin embargo, no siempre las comparaciones de los hombres con los animales son peyorativas. A un individuo astuto también se le califica como un zorro o alguien que hace las cosas bien y tiene ciertas destrezas, se le dice que es un águila o un tigre, a quien tiene una buena memoria se le compara con un elefante y a una mujer que defiende a su manada, con una leona. Recuerdo que en mis tiempos de residente de ortopedia cuando no había lugar para el descanso, ni había remuneración económica, nos comparaban con las hienas, esos animales carroñeros que copulan dos veces al año y viven muertos de la risa. De hecho, la escritora norteamericana Patricia Highsmith tiene un espléndido libro llamado Crímenes bestiales en el que los narradores de sus relatos son los animales y cuentan su visión de los humanos y especialmente los malos tratos recibidos. En algunas de sus historias, un dromedario y un oso cuentan que están hasta la coronilla con las humillaciones de su domador y un cerdo explica con detalladamente cómo es explotado por su dueño que lo obliga a buscar trufas con desprecio. Hasta las ratas que viven en las cloacas son las narradoras omniscientes en esta original obra y hablan sobre las inmundicias de quienes dicen llamarse "civilizados" y terminan por recibir su merecido. Si fuéramos más justos en nuestras apreciaciones diríamos: "él es tan fiel como un perro, más valiente que una gallina, o tan maternal como una zorra". Qué se le va a hacer, el dueño de la palabra oral o escrita tiene la sartén por el mango y, en últimas, tiene el poder de nombrar y modificar el entorno a su antojo, para bien o para mal.