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Opinión

Empezar a entrenar a los 40 años no es llegar tarde

Rosanna Armella Berrocal
Rosanna Armella Berrocal
Columnista
9 de junio de 2026

La incomodidad como señal de crecimiento.

Hay algo que muchas mujeres descubrimos cuando empezamos a entrenar a los 40 años: no es solo el cuerpo el que se siente diferente, también es la mente, y la primera reacción ante esa diferencia suele ser "incomodidad", incomodidad física, sí, pero también incomodidad emocional, y a eso me refería en la columna anterior cuando les hablaba de ese momento particularmente obstructivo en los patrones de armonía estandarizados; en mi caso pasaba por un postdivorcio que había dejado, obviamente, efectos secundarios que atacaban más la mente que . El cerebro estaba haciendo de las suyas, me decía constantemente que no sería capaz de replantear mi nueva brújula; por ende, las decisiones estaban supeditadas a los estados de tristeza, miedo al fracaso, una brújula que parecía dañada. Les quiero hablar más exactamente del día en que ocurrió la magia en mí, y fue luego de una larga noche en la que viví algo así como una catarsis. Recuerdo haber pasado muy decaída, no había dormido muy bien, y ya casi amanecía, tenía un dolor de cabeza muy fuerte y la taquicardia que me acompañaba sin explicación alguna por esos días. El sol salió, y la mañana era perfecta, pero mi habitación aún estaba oscura, no tenía ganas, como se había vuelto costumbre, de subir la cortina, quería quedarme ahí en cama, en el lugar que creía seguro, oré con tantas ganas que en esa referida catarsis, Dios hizo su magia, me levanté con una fuerza inusitada, me duché y una taza con sobrecarga de cafeína, me dio la energía necesaria para empezar ese día con un nuevo chip mental, Llamé a un sacerdote amigo, y le dije que estaba lista para empezar, y eso hice. Fue gradual, diariamente durante unos días; tuve muchos sentimientos encontrados, pero a la semana siguiente ya empezaría el camino que quería para mí. Cada vez que haces algo que tu sistema resiste, se activa un bloqueo natural, el cuerpo protesta, y la mente enciende las dudas, aparecen entonces pensamientos como "esto no es para mí", "ya es tarde", "no estoy en forma para esto", pero no son verdades, son mecanismos de protección. El cerebro prefiere la falsa zona de confort, incluso si esta no es ideal, y es así como prefiere la rutina sedentaria porque le es familiar, la inercia porque no exige adaptación, y el cambio implica gasto energético, el sistema siempre intentará conservar energía, por eso la incomodidad aparece. La clave está en cómo la interpretas, si la ves como señal de que algo está mal, retrocedes, si la ves como señal de crecimiento, avanzas. A esto voy, en ese punto sentía que no tenía modo de retroceder, debía atravesar esa fase inicial donde nada se siente completamente cómodo, y debía adaptarla con coherencia, aun sintiendo que el cuerpo y movimientos eran torpes.