
Elijamos un buen Presidente

Colombia es un país que convulsiona un día sí y el otro también. Por razones válidas o por una histeria generada por problemas que no son de los ciudadanos sino de quienes les descargan sus rabias, sus odios, pues son buscadores de pleitos, guerreristas y amantes de oficio de la confrontación. Cada familia tiene que resolver las dificultades que la asedian entre las cuatro paredes de su hogar. No tiene quién se las cargue.
Colombia es un país que convulsiona un día sí y el otro también. Por razones válidas o por una histeria generada por problemas que no son de los ciudadanos sino de quienes les descargan sus rabias, sus odios, pues son buscadores de pleitos, guerreristas y amantes de oficio de la confrontación. Cada familia tiene que resolver las dificultades que la asedian entre las cuatro paredes de su hogar. No tiene quién se las cargue. Pero hay otros que viven de robarle la energía al resto y la malgastan en propósitos que no los hacen mejores seres humanos. Y los asuntos graves, los que nos revientan a casi todos, salvo casos excepcionales, no son atendidos con afán por un gobierno, por el Congreso, por las administraciones, por nadie. No dan la cara a la hora del pésame a las familiares de muertos que han dejado deficientes servicios de salud hoy y más atrás. Si no les gustan las propuestas o no se ajustan a las ambiciones de los que deciden, que se mueran… Que en La Mojana se ahoga la producción de alimentos, el ganado y los billones que no resuelven el problema, de malas… Que la inseguridad y la violencia dejan víctimas todos los días y las medidas se demoran o no surten efecto, qué se va a hacer. Por esa indolencia. Por la indiferencia. Por la apatía de años. Porque ya es justo: necesitamos un gran presidente. Una buena persona. Un humanista, no un francotirador. Que no grite. Que no evada responsabilidades. Que no esconda sus malas decisiones. Que no descargue sobre otros hombros sus peleas, sus venganzas. Lo primero que debe hacer un buen gobernante es bajarle al tono y subirle al argumento. Hacer pedagogía de los asuntos de Estado para que entiendan todos y no se dividan 50% en contra y 50% a favor para mantener viva la polarización y el ambiente en extrema tensión, irritado y fácil presa del conflicto. Un buen presidente debe ser sereno, tener cabeza fría para no echar leña al fuego. Íntegro, honrado. Su misión: defender los recursos y bienes públicos para que nadie se los apropie y, si llegare ocurrir, que obligue a su devolución. Y, de verdad, que ataque la corrupción, que se roba los recursos del bienestar de todos. Hay cansancio por el archivo de investigaciones que supuestamente no llegan al fondo, de las irrisorias penas tras cooperar con la justicia, de la largada a la calle de quienes condenaron a muerte su liberad. Urge un presidente que propenda por verdadera justicia. Necesitamos un presidente que escuche, claro y sincero. Que no pierda la capacidad de análisis ante la adversidad y no nos enemiste con el mundo, que no intervenga en asuntos internos de otras naciones y respete la de Colombia hasta con su propia vida. No ir de un país a otro a denigrar de su patria y de sus compatriotas, con la fuerza y la inteligencia suficientes para que el diálogo sea la herramienta más útil y eficaz de su mandato. Concédenoslo, Señor.