
El viejo Ever

En la Fiesta de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro quiero rendir tributo a un hombre que supo ganarse la admiración de quienes lo conocimos, de sus amigos y de su familia. Don Ever Álvarez era pariente por vía materna de Don Rami, nuestro viejo. Gracias a él lo conocimos en una lluviosa mañana de nuestra adolescencia sanmarquera.
Llegó en una caravana de camperos enllantaos y con barro hasta la cabina. Luego de los buenos días descendieron con él unos pelaos que parecían ser los dueños del mundo. Los cuatro vestían sombrero, jean, botas de vaquero y una sonrisa que inspiraba familiaridad: Ever del Cristo, Iván, Juan Carlos y Carlos Andrés. "Son nuestros primos de Sincelejo", nos dijo el viejo Rami a Leo, Rami y a mí. Parecía una real expedición de otro siglo. Con nuestros primos venían amigos y parientes de la sabana, que fueron bien recibidos en nuestra vieja terraza de los pimientos. El viaje comercial contemplaba varios días de feliz exploración por las ciénagas y zapales de nuestro amado San Jorge y de la casi inexpugnable Mojana. Iban equipados con ropa, víveres, licores y un pedazo de acordeón que tenía el aura del mismo Alejo Durán. Ya el viejo Rami nos había contado de sus míticas parrandas acompañando al Negro durante días y noches de agua, fango, taruyas y poesía. No pude evitar unir una época con la otra. El viejo Ever era dueño de una elegancia natural y de un trato exquisito, aunque como buen sabanero podía subir su tono para prodigarle un madrazo a cualquiera que le parecía digno de cuestionamiento. Vivió casi 90 años y tuvo seis hijos, cuatro de ellos con su esposa, doña Gloria D'Luyz, una ejemplar señora de nuestra capital sucreña. Ambos se dedicaron a formarlos de manera íntegra y lograron una bella familia que durante décadas fue referente de alegría. También debo decir que uno de nuestros primos queridos fue víctima de una época en la que nuestra sociedad acabó seducida por el afán de lucro y la falta de escrúpulos, asunto que condujo a muchos jóvenes por caminos que los llevaron a la cárcel o al cementerio. Faltó una visión católica sin complejos que supiera discernir lo que es real de lo que no. Todo esto quiero expresarlo para recordar a Don Ever Álvarez, a manera de homenaje, y decirle a nuestra familia que lo llevaremos en la memoria del corazón hasta que el cuerpo aguante. Y que esperamos verlo bailar en el Fandango de la Eternidad.