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Opinión

El último refugio de la piel

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
23 de febrero de 2026

Durante siglos, nos convencimos de que el mundo estaba dividido por muros infranqueables: lo humano frente a lo animal; lo natural frente a lo artificial. Sin embargo, en la era de las selvas de fibra óptica, esos muros han comenzado a transpirar. El fenómeno therian no es un extravío de la razón, sino una respuesta poética a la esterilidad del presente. Es el hambre de significado a través de una naturaleza que ya no solo habita fuera, sino que respira dentro.

En este paisaje donde lo orgánico y lo sintético se trenzan, el individuo busca su centro no en su documento de identidad, sino en su pulso salvaje. No es que estas personas "crean" ser animales en un sentido clínico; es que sienten el peso de una esencia que la gramática humana no alcanza a nombrar. Es el grito de una identidad que se niega a ser reducida a un código de barras. Por supuesto, esta transición no está exenta de fricciones. La sociedad, aferrada a la norma y al espacio público reglado, observa con recelo comportamientos que desafían la convención. Es comprensible: la hibridez incomoda porque nos obliga a renegociar los límites de la convivencia. Sin embargo, juzgar esta búsqueda como un simple capricho es ignorar que, en un mundo de algoritmos, la conexión con lo animal es el último refugio de lo auténtico. Si nuestras herramientas ya son extensiones de nuestros nervios, ¿por qué nuestro espíritu no habría de extenderse hacia las raíces?  Al reconocerse en la otredad, el therian no huye de su humanidad, sino que la expande. La naturaleza no es un parque nacional de visita dominical, sino una corriente que fluye bajo el pavimento. Esta renegociación del yo nos invita a preguntarnos qué fragmentos de nosotros mismos hemos olvidado en la maleza por miedo al juicio del espejo.      Al final, la pregunta no es por qué ellos encuentran su verdad en el aullido, sino qué parte de nuestra propia esencia hemos sacrificado nosotros para encajar en el molde. Aceptar esta hibridez es permitir que la razón se vista de plumas para sobrevivir a un invierno emocional cada vez más frío. Porque la única frontera real es la que trazamos cuando dejamos de escuchar el latido del bosque que persiste, terco y vibrante, en nuestro pecho. Abrazar nuestra esencia silvestre no es renunciar a la razón, sino rescatar la humanidad que palpita bajo el diafragma moderno.