
El triunfo del 'Tigre' y el inicio de la patria milagro

Hay triunfos que no solo se cuentan en votos, sino en el pulso de un país que decide rectificar su rumbo. El de Abelardo de la Espriella es uno de ellos. Hoy, con la legitimidad que le otorgan las urnas, el Tigre no solo ha ganado una elección presidencial: ha conquistado la confianza de una mayoría de Colombianos que, incluso en medio de un margen estrecho, decidió apostarle a una visión distinta de nación. Y eso, en democracia, basta y sobra.
Ganó el que convenció, ganó el que resistió, ganó el que supo interpretar el cansancio de un pueblo y convertirlo en esperanza. Lo advertimos desde esta tribuna cuando muchos todavía no querían verlo. Lo dijimos en "Tres cosas que no vuelven", cuando señalamos que este gobierno había desperdiciado una oportunidad histórica y que Colombia necesitaba volver a poner la casa en orden. Lo sostuvimos en "La trepada del Tigre", cuando ya era evidente que mientras unos se dedicaban al ataque, Abelardo crecía con firmeza, con discurso, con carácter y con una conexión cada vez más sólida con el país real. Y lo reafirmamos en "La hazaña del Tigre y la realidad de la Patria Milagro", cuando la primera vuelta dejó claro que el triunfalismo de otros no era más que una mala lectura de la calle, del sentimiento ciudadano y del momento histórico que vive Colombia. Hoy los hechos hablan por sí solos. El Tigre ganó porque supo encarnar la necesidad de autoridad, de seguridad, de institucionalidad y de confianza. Ganó porque entendió que la política no puede seguir secuestrada entre el subsidio como mecanismo de manipulación y el resentimiento como discurso de poder. Ganó porque le habló a la clase media que trabaja, al empresario que genera empleo, al joven que quiere oportunidades, al ciudadano que se cansó de un Estado ineficiente y de una dirigencia desconectada de la realidad. Pero también hay que decirlo con claridad: este triunfo no le pertenece solo a quienes marcaron la raya por Abelardo. También obliga a la otra campaña, a sus dirigentes y a sus electores, a reconocer con grandeza que en democracia se gana y se pierde, y que la voluntad popular merece respeto. La contienda terminó. El país no necesita más odio, ni más trincheras, ni más amenazas de incendiar la democracia cuando el resultado no favorece a unos cuantos. Colombia necesita serenidad, responsabilidad y altura. Abelardo de la Espriella ganó como candidato de una causa, pero desde hoy gobierna como Presidente de todos los colombianos. De quienes votaron por él y de quienes no lo hicieron. De quienes lo defendieron en plaza pública y de quienes lo cuestionaron con dureza. Esa es la grandeza del mandato que hoy recibe y esa es también la dimensión del reto que comienza. Se abre entonces el tiempo de la coherencia entre la palabra y la acción. El tiempo de demostrar que la Patria Milagro no era una consigna de campaña, sino una promesa seria de reconstrucción nacional. Si este triunfo logra devolvernos la fe en las instituciones, la seguridad en las calles, la confianza en la economía y la esperanza en el futuro, entonces Colombia habrá dado un paso decisivo para dejar atrás la horrible noche. Ganó el Tigre. Ahora empieza el deber de hacer grande a la patria.