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Opinión

El suelo que pisamos

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
16 de febrero de 2026

Hay hechos que entretienen. Son apenas el polvillo de oro que el sol hace bailar en las habitaciones; nos disuaden de la muerte, pero no nos salvan de ella. Hay hechos que ilustran, que nos dan la medida exacta del mundo y nos permiten dormir bajo el amparo de la lógica.

Pero también están los que nos obligan a apartar la mirada. Me refiero a sucesos que poseen una gravedad propia, huelen a sangre fría y a rastro de pólvora incluso cuando la lluvia ha lavado las calles durante siglos. Callan deliberadamente; verdades que palpitan, con un latido oscuro y sordo, bajo el barniz de un nombre común o la sombra estática de una fecha en el calendario. El olvido no es vacío, es construcción arquitectónica. Elevamos ciudades enteras sobre lo que no queremos recordar, y llamamos "paz" al peso de los ladrillos que mantienen bajo tierra el grito de lo no dicho. Pero la verdad tiene la paciencia del agua. Se fragua por los encajes de las instituciones, empapa las bases de nuestras casas y termina por aflorar en el sabor amargo de una herencia no resuelta o en el color extraño de las flores que se desarrollan donde nadie las plantó. Lo que hace que un suceso sea monumental es su persistencia invisible. Bajo la máscara de la historia oficial, el tiempo es un círculo de humo. La pólvora que ayer cegó un destino es la misma que hoy enturbia nuestra mirada frente al espejo. Pactamos silencios cómplices para no romper el cristal de nuestra rutina, pero la realidad, esa criatura indomable que no sabe de calendarios, respira con fuerza tras el papel de la civilización. Ignorar lo que duele es una condena a largo plazo. Lo velado tras una fecha, se vuelve un fantasma, mueve los hilos del presente. Una sociedad que no se atreve a oler su propia pólvora está sancionada a caminar sobre brasas creyendo que son alfombras. La trascendencia reside en la memoria de lo invisible. El verdadero rostro de un pueblo no se lee en lo que se celebra, sino en los espacios vacíos que deja lo que se intenta borrar. Allí, donde el tiempo se curva y el silencio pesa como el plomo, nos espera la única verdad que importa: somos el eco de lo que otros intentaron callar. Ése eco posee fuerza necesaria para derrumbar los muros de la indiferencia.