
El síndrome de la abeja reina

Sí, hablemos hoy del famoso síndrome de la abeja reina, esa patología silenciosa que ataca a algunas mujeres cuando suben al poder, y que en vez de abrirle el vuelo a las demás, ¡las bloquean con el aguijón!
Por Susana Viera Sí, hablemos hoy del famoso síndrome de la abeja reina, esa patología silenciosa que ataca a algunas mujeres cuando suben al poder, y que en vez de abrirle el vuelo a las demás, ¡las bloquean con el aguijón! En la oficina, la política o la vida pública, la abeja reina se reconoce porque tiene un radar sofisticado para detectar competencia femenina. Si ve a otra con ideas brillantes, no la impulsa, la poliniza de problemas. Si alguien llega con frescura y talento, la observa como si fuera una intrusa en su colmena personal. Y ahí comienza el festival del zumbido pasivo-agresivo: “Ay, querida, que iniciativa tan linda… pero no creo que tengas la experiencia”. Traducción: “no te voy a dejar brillar”. Es curioso. Cuando una mujer es ruda, se le tilda de "mala jefa", y cuando realmente lo es... ¡pues también! Pero ojo, no se trata de pedir dulzura flameadani liderazgo de tarjeta rosada. Se trata de no repetir los mismos patrones de exclusión que durante siglos nos dejaron fuera del panal. Disfruto tanto a Giorgia Meloni, que con su discurso fuerte y su imagen de hierro ha demostrado que la firmeza femenina no necesita disfrazarse de agresión. Puede gustarte o no su política, pero hay algo cierto, una mujer fuerte no necesita aplastar a las otras para parecer más alta. Puede gobernar, dirigir o liderar con la convicción de que la autoridad no se mide por el miedo que impone, sino por la inspiración que despierta. Porque aceptémoslo, hay jefas que no necesitan armas, les basta con un correo en copia oculta. El cine nos ha regalado estampas inolvidables. Meryl Streep en “El diablo viste a la moda” es la patrona celestial de las abejas reinas: implacable, elegante, y capaz de arruinarte el día con una sola mirada y con la frase: “¿Eso es lo mejor que tienes?”. Pero detrás del sarcasmo, hay algo que duele, la abeja reina olvida que sin obreras no hay miel. Y podemos reímos, pero todas hemos sentido esa punzada cuando una mujer, en lugar de tender la mano, se convierte en obstáculo. Porque el síndrome no discrimina. Puede estar en la política, en el arte, en el periodismo, incluso en el feminismo institucionalizado. Esa tendencia a creer que: “solo hay espacio para una inigualable como yo”, nos pone a pensar en qué es peor, si un jefe acosador o una abeja reina. La verdadera ironía es que mientras las abejas se pican entre sí, el panal se queda vacío. El liderazgo femenino debería ser más sinfónico que solista. No se trata de renunciar a la fuerza, sino de ejercerla con inteligencia emocional, con esa mezcla perfecta entre Beyoncé y Marie Curie, “poder” pero con propósito, porque reinar sola puede ser glamuroso, pero construir el panal juntas… eso sí que es revolucionario.