
El síndrome de hurbis

El poder es una llama seductora. Ilumina, pero también quema. En la antigua Grecia, el concepto de hubris describía la desmesura del orgullo, esa arrogancia que llevaba a los hombres a creerse iguales a los dioses. Hoy, siglos después, la ciencia ha retomado ese término para describir un fenómeno inquietante: el síndrome de hubris, una alteración del comportamiento que puede afectar a quienes ejercen poder prolongado sin límites ni contrapesos.
El neurólogo y exministro británico David Owen estudió este patrón en líderes contemporáneos y lo definió como una transformación de la personalidad asociada al mando absoluto. El dirigente empieza a sentirse indispensable, pierde la autocrítica, desprecia la opinión ajena y toma decisiones impulsivas convencido de su infalibilidad. No escucha: impone. No dialoga: sentencia. La historia universal ofrece ejemplos dramáticos. Desde Napoleón Bonaparte hasta Adolf Hitler, pasando por incontables caudillos latinoamericanos, la embriaguez del poder terminó aislando a los gobernantes de la realidad. El resultado fue, casi siempre, el mismo: decisiones erráticas, confrontaciones innecesarias y profundas heridas institucionales. El síndrome de hubris no es una enfermedad clínica formalmente clasificada, pero sí una advertencia ética y política. Aparece cuando el líder se rodea de aduladores, debilita los controles institucionales y convierte su voluntad en dogma. En ese punto, la democracia empieza a resquebrajarse. Frente a este riesgo, la única vacuna efectiva es el equilibrio republicano: separación de poderes, prensa libre, ciudadanía vigilante y cultura del disenso. El verdadero estadista entiende que gobernar no es dominar, sino servir; no es imponer, sino escuchar. Porque cuando el poder deja de ser instrumento y se convierte en espejo de vanidad, nace la desmesura. Y la desmesura, tarde o temprano, termina cobrando su precio.