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Opinión

El síndrome de hurbis

Félix Manzur Jattin
Félix Manzur Jattin
Columnista
10 de marzo de 2026

El poder es una llama seductora. Ilumina, pero también quema. En la antigua Grecia, el concepto de hubris describía la desmesura del orgullo, esa arrogancia que llevaba a los hombres a creerse iguales a los dioses. Hoy, siglos después, la ciencia ha retomado ese término para describir un fenómeno inquietante: el síndrome de hubris, una alteración del comportamiento que puede afectar a quienes ejercen poder prolongado sin límites ni contrapesos.

El neurólogo y exministro británico David Owen estudió este patrón en líderes contemporáneos y lo definió como una transformación de la personalidad asociada al mando absoluto. El dirigente empieza a sentirse indispensable, pierde la autocrítica, desprecia la opinión ajena y toma decisiones impulsivas convencido de su infalibilidad. No escucha: impone. No dialoga: sentencia. La historia universal ofrece ejemplos dramáticos. Desde Napoleón Bonaparte hasta Adolf Hitler, pasando por incontables caudillos latinoamericanos, la embriaguez del poder terminó aislando a los gobernantes de la realidad. El resultado fue, casi siempre, el mismo: decisiones erráticas, confrontaciones innecesarias y profundas heridas institucionales. El síndrome de hubris no es una enfermedad clínica formalmente clasificada, pero sí una advertencia ética y política. Aparece cuando el líder se rodea de aduladores, debilita los controles institucionales y convierte su voluntad en dogma. En ese punto, la democracia empieza a resquebrajarse. Frente a este riesgo, la única vacuna efectiva es el equilibrio republicano: separación de poderes, prensa libre, ciudadanía vigilante y cultura del disenso. El verdadero estadista entiende que gobernar no es dominar, sino servir; no es imponer, sino escuchar. Porque cuando el poder deja de ser instrumento y se convierte en espejo de vanidad, nace la desmesura. Y la desmesura, tarde o temprano, termina cobrando su precio.