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Opinión

El silencio emplumado de la 27

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
2 de febrero de 2026

En el corazón de Montería, frente a la solemne Catedral, el viernes 23 de enero, se desplegó un velo de misterio que desdibujó la línea entre lo cotidiano y lo inefable. No fue un anuncio ni una procesión, sino el más absoluto de los silencios.

Un mutismo blanco, grisáceo, grabado sobre el asfalto. Las palomas, viajeras perpetuas del aire urbano, vigías de cornisas y testigos mudos del afán de la calle 27, decidieron, en un acto de unanimidad incomprensible, surcar el vuelo hacia una quietud definitiva. Sus cuerpos quedaron como ofrendas inmóviles, avivados a la mirada de los transeúntes. La escena poseía la solemne gravedad de un cuadro olvidado. Comerciantes y vecinos familiarizados con el bullicio y el alear duradero se encontraron con el sosiego de un pueblo al que le hubiesen sustraído su banda arrulladora natural. No hubo agonía visible ni lucha: la inesperada, casi mística, renuncia de soplo vital. Las autoridades, figuras ancladas en la lógica del día a día, activaron sus protocolos. "Este silencio emplumado nos susurra una verdad incómoda: somos pasajeros frágiles en un ecosistema que, sin previo aviso, puede retirarnos la palabra." La recolección de muestras y los análisis de laboratorio son la jerga necesaria para intentar descifrar lo que, a simple vista, parecía un secreto susurrado por el viento. Buscan toxinas, enfermedades, razones tangibles que puedan etiquetar este suceso y devolverlo al redil de lo explicable. Mientras esperan resultados que descarten males zoonóticos y apacigüen el miedo a lo invisible, la ciencia pugna por ponerle nombre a la sombra que descendió sobre el parque. Pero más allá de los informes técnicos, queda la sensación de que la ciudad ha sido visitada por un augurio. La muerte masiva de estas aves no es sólo un asunto de salud pública o de biología. Es un memorando, escrito con plumas sobre el cemento, de la fragilidad del pacto invisible que mantenemos con la naturaleza que nos circunda. Es un espejo que nos muestra que somos parte de un ecosistema delicado, un escenario donde los actores, incluso los más insignificantes, pueden desaparecer sin previo aviso, llevándose consigo una parte del alma de la urbe. Quizás las palomas, con esa sabiduría ancestral que les atribuimos en silencio, simplemente vieron algo que nosotros no podemos ver. Tal vez un cambio en la marea del aire, un veneno invisible que flota con la brisa del Sinú, o un cansancio colectivo del ajetreo humano. Este silencio emplumado nos susurra una verdad incómoda: somos pasajeros frágiles en un ecosistema que, sin previo aviso, puede retirarnos la palabra.