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Opinión

El silencio de las urnas

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
8 de junio de 2026

El mercado del sufragio no se evalúa con monedas, sino con el peso riguroso del mañana entregado en una bandeja de plata oxidada. Un ciudadano va hacia las urnas con la cédula entre los dedos, convencido de ejecutar un acto de libre albedrío, ignorando que su voluntad fue deshecha días antes en el café matutino que le brindó el cacique regional.

Vender el voto constituye una leve alquimia donde la dignidad se evapora, transformándose en una bolsa de cemento que terminará arrastrada por las lluvias de la tarde. Quien cede su derecho por una dádiva rápida no comete una simple falla ética. Clausura las ventanas de su propia casa para que el sol jamás descubra la miseria del suelo. Los intermediarios de la política deambulan por los barrios con sonrisa de seda, sembrando promesas líquidas que se esfuman entre las hendiduras de las manos laboriosas. El negocio transcurre en un silencio espeso, casi musical, roto apenas por el crujido de los billetes nuevos que huelen a imprenta y tinta fresca, a complicidad compartida. En ese instante preciso, el futuro nacional pierde su nitidez, diluyéndose en un horizonte borroso donde las aulas carecen de techos, los hospitales se convierten en salas de espera infinitas. Resulta provocativo juzgar al necesitado desde la comodidad de una mesa servida. La urgencia del estómago posee razones frías que la razón ilustrada desconoce. La verdadera tragedia reside en la normalización del trueque, la costumbre de evaluar la libertad individual al mismo precio que un kilo de carne vacuna. Las urnas dejan de ser altares republicanos. Mutan vitrinas de comercio donde los postores más adinerados adquieren conciencias al por mayor, embaladas en bolsas de plástico transparente. Esta renuncia voluntaria surte una mortaja invisible sobre las instituciones, paralizando el movimiento natural de la justicia social. Los gobernantes elegidos mediante convenios mercantiles no adquieren compromisos reales con la comunidad. Se deben exclusivamente a sus financistas, a sus propios bolsillos oscuros. Nos encontramos ante un suicidio colectivo realizado en cuotas, una danza lenta hacia el abismo de la intrascendencia histórica. Queda la faena a prisa de despertar los sentidos adormecidos, recordar que la soberanía popular tiene un valor sagrado, una fuerza telúrica imposible de encerrar en las cajas fuertes de la corrupción contemporánea. La soberanía no se remata en ferias oscuras; defenderla con dignidad asegura el único porvenir digno para los hijos de esta tierra olvidada.