
El riesgo de quedarse en el victimismo

El dolor y el sufrimiento son dos niveles distintos del padecimiento que experimenta toda persona.
El dolor es inmediato, físico, identificable. El sufrimiento, en cambio, atraviesa las capas más profundas del ser: cuestiona el sentido, desordena el alma y a veces deja heridas invisibles. Ambos exigen cuidado, atención, humanidad. Pero entre el sufrimiento legítimo y el victimismo, hay una frontera sutil que conviene observar. Porque el dolor se sana, el sufrimiento se elabora, pero el victimismo se instala. Y cuando lo hace, bloquea toda posibilidad de transformación. Hay momentos en los que, sin duda, hemos sido víctimas. Víctimas de abandono, injusticia, enfermedad, traición, violencias. Negarlo sería una forma de deshumanización. Pero reconocerse víctima no es lo mismo que permanecer en el lugar de víctima. La primera es una etapa del duelo; la segunda, una trampa del alma. El victimismo convierte el sufrimiento en identidad. Ya no se trata de lo que ocurrió, sino de quién soy: la que fue traicionada, la que siempre pierde, la que nunca es vista, la que sufre más que los demás. En esa narrativa, el mundo es culpable y yo solo reacciono. Pierdo poder. Pierdo agencia. Pierdo futuro. En una cultura que muchas veces premia el dolor expuesto, que mide el impacto por la cantidad de likes, hemos convertido el padecimiento en moneda de valor. Pero mostrar la herida no siempre es sinónimo de sanarla. Y repetir una y otra vez lo que me hicieron no es lo mismo que preguntarme: ¿qué hago hoy con esto que me pasó? Un ejemplo que ilustra con fuerza esta diferencia entre dolor, victimismo y transformación es el de Natalia Ponce de León. Fue víctima de uno de los crímenes más atroces: un ataque con ácido que marcó su rostro y parte de su cuerpo. Su historia conmovió al país y visibilizó una violencia silenciosa y cruel. Pero lo verdaderamente admirable no fue solo su supervivencia, sino su decisión interior: trascender el lugar de víctima. "Decidí no ser víctima, sino victoriosa", dijo. Con esa frase, Natalia no niega lo vivido, no minimiza el sufrimiento ni las secuelas. Pero se niega a que su identidad quede atrapada en el daño. No convirtió su dolor en bandera de resentimiento, sino en impulso para luchar por otras víctimas, para cambiar leyes, para alzar la voz con dignidad. Ese paso —del dolor legítimo al propósito— es lo que diferencia una historia que paraliza de una historia que transforma. Porque el victimismo no es el dolor, sino la decisión inconsciente o repetida de quedarse a vivir en él. Y aunque no elegimos lo que nos pasa, sí podemos elegir cómo respondemos. Y esa decisión —silenciosa, íntima, valiente— puede marcar la diferencia entre una vida paralizada y una vida que avanza.