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Opinión

El propósito

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
4 de febrero de 2024

La santidad, invitación divina para todos, revela el propósito existencial. Superar pruebas con fe y hallar el sentido de la vida en Dios es clave para la vida eterna.

Por Selma Samur de Heenan El llamado a la santidad es para cada hijo de Dios, porque todos tenemos una invitación abierta para llegar al Cielo. Aunque nuestro principal objetivo debería ser prepararnos día a día, caminando por sendas de virtud para pasar a la vida eterna, son muchos los que desdeñan este concepto, incluso, catalogándolo de aburrido, extraño, inoficioso, fanático, místico o imposible. La realidad, es que, por el contrario, al abrirle el corazón a Dios, el Espíritu Santo nos muestra los propósitos existenciales, que se encuentran inmersos en nuestra alma, desde que recibimos el soplo de vida. Caminar hacia la santidad es el mayor reto, porque así vamos descubriendo el recorrido para el que fuimos pensados y equipados con innumerables dones y atributos. Por eso, hasta que no encontramos la ruta por la que debemos andar, lo normal es que nos sintamos confundidos, a media marcha o estemos actuando como perdidos, lo que San Agustín expresa de una forma hermosa: «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Es muy común escuchar frases quejumbrosas sobre las pruebas y dificultades que conlleva nuestro día a día. Es cierto, la vida no es nada fácil, pero cada situación confrontada con la voluntad de Dios, le da un carácter especial que nos permite asumirlas con fe, amor, paciencia y esperanza. Al reconocer que todas las causas de nuestros sufrimientos son consecuencias de errores pasados o que hacen parte de un plan mayor, constatamos que todo pasa para el bien de los que amamos a Dios. Siendo niña solía temer a la muerte, y fue mi papá quien me ayudó a entender que nunca moriría, que al irme de la tierra estaría muy feliz en el cielo. En ese tiempo, no me explicó que había unas condiciones para lograrlo, porque se trataba solamente de calmar los temores infantiles que me atormentaban. En ocasiones, ya adulta, me sentía devastada porque sabía que a mi existencia le hacía falta un propósito especial y concreto, que me impulsara a entender el sentido de la vida para dar los pasos en esa dirección. En esa época, no había puesto a Dios en el lugar que le correspondía, era solo católica de nombre y tradición, mas no de corazón y reverencia. Cuando ustedes pasen un desierto, por dificultades, tristezas, ansiedades, interrogantes o miedos, no lo duden. El médico para cualquier mal es Jesucristo, y la terapia más eficaz puede ser encontrar el propósito de Dios para nuestra vida.