
El profe Eduar

Pueblo amado de Dios. Bendita parroquia de La Santísima Trinidad. Con el respeto y cariño de todos ustedes, mis hermanos, y de tan solemne ocasión, debo decir que este no es un duelo exclusivo de la inspiradora familia Torregroza Díazgranados. La muerte del profe Eduar enluta a todas las familias de San Marcos, porque su vida nos impactó a miles de sanmarqueros de toda condición social, política y económica.
Que sus amados hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y los que vienen, no olviden que la vida del insigne profesor Eduardo Antonio Torregroza De La Ossa se caracterizó por las tres virtudes que identifican al verdadero seguidor de Jesús de Nazaret: alegría, humildad y servicio. Doña Tulia Díazgranados de Torregroza, su esposa y fiel compañera, puede corroborar lo que afirma este servidor y discípulo. Todo aquel que hizo contacto con el profe Eduar en sus cinco dimensiones vitales puede dar fe de que lo identificó una alegría constante al emprender sus causas. Tanto en el ámbito familiar, como en su labor docente; tanto en el cancha deportiva, como en la corraleja y, por supuesto, en la banda marcial. Todo lo impregnó con su memorable sentido del humor, su gracia al contar historias y su contagiosa sonrisa. A pesar de ser hijo de dos ilustres educadores: el poeta don Lino Torregroza Borja y la musa, doña Isabel De La Ossa García, ambos de linaje hispánico comprobado y distinguido, él se consideró a sí mismo como un hijo del pueblo, sin distinción alguna. Esa humildad proverbial lo hizo disfrutar de la vida al máximo, sin complejos, sin etiquetas, sin prejuicios y sin intención alguna de brillar o sobresalir. Hablemos ahora de lo que más lo animó en sus 86 años de existencia: una inaplazable vocación de servicio y entrega al prójimo. Ese ímpetu providencial lo mantuvo durante siete décadas, en las que siempre tendió la mano a quien necesitaba de su sabiduría, siempre abrazó la causa del bien común, siempre fue al campo de batalla, como todo Rey bueno, para hacer avanzar a nuestro pueblo. Convencido de que nos merecemos un mejor destino como familia. Cada uno de los aquí reunidos seguro tendrá una historia para contar, un episodio divertido para recordarlo, una anécdota que se seguirá narrando cuando ninguno de nosotros esté aquí. Como aquella del apocalíptico acuatizaje del primer avión en nuestra ciénaga o la construcción del cohete de fabricación casera que nos hizo soñar que la era espacial había comenzado para nosotros, pero que acabó desplumando todas las gallinas de Buen Retiro. Como lo dijo una vecina: el profe Eduar no se fue. Se sembró. Su semilla fructificará.