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Opinión

El problema del desperdicio en salud

José J. Vergara Díaz
José J. Vergara Díaz
Columnista
18 de marzo de 2026

El artículo reciente publicado en la revista Value in Health, pone sobre la mesa una de las verdades más incómodas del sistema sanitario colombiano, el problema no es solo cuánto se gasta, sino qué tan mal se gasta.

El concepto central es "waste", o desperdicio en salud. No se refiere a corrupción ni a ineficiencia administrativa en sentido clásico, sino a algo más estructural, recursos que se consumen sin generar valor clínico proporcional. Es decir, gasto que no se traduce en mejores resultados en salud. El estudio identifica seis focos concretos de este desperdicio en Colombia: tomografías innecesarias, radiografías de tórax prequirúrgicas rutinarias, cesáreas sin indicación médica, estudios diagnósticos redundantes, procedimientos fuera de indicación y uso inapropiado de intervenciones preventivas. Ninguno de estos hallazgos es nuevo. De hecho, todos forman parte del día a día de la práctica clínica. Lo realmente relevante no es el diagnóstico, sino la implicación, cada peso invertido en estas prácticas representa un costo de oportunidad en salud. En términos simples, significa que ese mismo dinero podría estar financiando intervenciones costo-efectivas (vacunación, control prenatal, atención primaria) con un impacto mucho mayor sobre la salud poblacional. Este análisis introduce una nueva pregunta al debate sobre el sistema de salud colombiano: ¿cuánta de la crisis es, en realidad, el resultado de decisiones clínicas y operativas que no generan valor? Una proporción no despreciable del gasto sanitario podría estar siendo absorbida por intervenciones de bajo valor, sostenidas no por evidencia, sino por inercia clínica, incentivos económicos y presión cultural. Esto conecta directamente con una de las grandes fallas estructurales del sistema, y es que se paga por hacer más, no por hacerlo mejor. En ese contexto, la sobreutilización no es un error, es una consecuencia lógica. Hospitales, médicos y proveedores operan dentro de un esquema donde reducir volumen implica perder ingresos. La desinversión, por tanto, no es solo una decisión técnica, sino una amenaza económica. A esto se suma el elemento del costo político. Introducir nuevas tecnologías genera legitimidad. Retirarlas genera conflicto. Limitar una tomografía innecesaria puede ser clínicamente correcto, pero socialmente impopular. Y en un sistema altamente judicializado como el colombiano, esa tensión se amplifica. Por eso, aunque la evidencia sobre desperdicio en salud es abundante, su traducción en política pública es mínima. El sistema está diseñado para expandirse, no para depurarse. La sostenibilidad del sistema no se resolverá únicamente con más recursos, sino con mejor asignación de los existentes. Esto requiere avanzar hacia modelos de pago por valor, fortalecer la evaluación de tecnologías sanitarias y, sobre todo, asumir una discusión incómoda pero necesaria sobre los límites de la intervención médica. El artículo plantea una idea simple pero disruptiva, en salud, gastar más no siempre significa cuidar mejor. Y mientras esa premisa no se incorpore de manera real en la toma de decisiones, el desperdicio seguirá siendo una constante silenciosa que erosiona la capacidad del sistema para producir lo que realmente importa: salud.