
El problema

Las quejas ocultan el verdadero problema, según la psicoterapia. No siempre la raíz está en aquello de lo que nos lamentamos, sino en emociones y pensamientos profundos.
Por Olga L.Hernández Bustamante La queja no es el problema, dicen los manuales de psicoterapia. Es decir, frente a la inicial cascada de quejas, resultados de un cúmulo de situaciones, emociones o pensamientos que las personas consideran que deben desechar, cambiar o evitar; se esconde, agazapado, el problema real. Uno que muchas veces no tiene relación directa con aquello de lo cual nos quejamos permanentemente. Por ejemplo. Una persona con una adicción a algún tipo de sustancia psicoactiva concentra su atención en evitar el consumo y siente que dejar de consumir es la solución a todos sus problemas. Entonces se somete a momentos de abstinencia que no son más que un juego de aguante y fuerza de voluntad y, al poco tiempo, recae nuevamente. Esta persona, necesita reconocer cuales son las emociones o pensamientos que aparecen asociados a este consumo. Comprender qué intención persigue al hacerlo. ¿Acaso huye de algo? ¿Acaso alterar su conciencia calma o silencia esa voz interna que lo agrede permanentemente? ¿Acaso busca confirmar que no sirve para nada y que no tiene autocontrol? En todo caso, el problema, el real, está en otro lado. Muchas opciones se pueden nombrar, lo que es cierto es que es algo particular e íntimo, cada uno decide sus formas de escapar. Otra persona puede considerar que ser irritable es su problema. Reacciona de forma desproporcionada ante muchas situaciones y tiene la capacidad, casi que infalible, de encontrar las palabras perfectas para lastimar a quienes lo rodean. Puede pensar entonces que si maneja o controla su ira tendrá todo solucionado. Si logra detener la avalancha de palabras que salen sin filtro, dejará de tener problemas y sus vínculos sanarán. Puede que sea capaz de cerrar la boca y quedarse en silencio por un momento, pero tarde que temprano la boca se abrirá nuevamente y con ella aparecerán nuevamente los dardos y las heridas. Le corresponde entonces reconocer desde qué lugar surge esta reacción, qué es lo que quiere evitar, la forma en que se muestra, la imagen que ha construido ante los demás, las ganancias secundarias al miedo que genera en los otros, valorar la utilidad de este mecanismo de la irritabilidad y la agresión. Cuando lo haga, seguramente comprenderá que el problema real está en otro lado, no solo en su reacción; y solo sanando eso podrá empezar a construir vínculos donde la agresión no tienda el puente. Lo que creemos que es el problema no es el problema real. Nos toca hacer un cambio de foco y mirar con honestidad y sin vergüenza aquello que sentimos y pensamos, solo de esta manera se puede tener un punto de partida para la transformación.