
El primer Nobel de Colombia pudo haber sido cordobés

Revisando historias, comparando fechas y dejando volar un poco más la imaginación, se puede conjeturar que el primer premio Nobel para Colombia – en este caso de Medicina- pudo haberlo recibido (en colaboración) un insigne cordobés.
La historia breve es la siguiente: hace exactamente 98 años el médico y científico escocés, Alexander Fleming accidentalmente descubrió, al llegar de vacaciones, que sus cultivos de estafilococos -bacterias peligrosísimas y a veces mortales relacionadas con la neumonía, la gonorrea o la fiebre reumática, etc – estaban siendo destruidas por un raro hongo, era una especie de moho que neutralizaba las malévolas especies microbianas. Bautizó su descubrimiento como Penicilina y los resultados de su investigación los publicó en una revista científica. El asunto quedó quieto hasta cuando una década después, en furor ya la Segunda Guerra Mundial, los apuntes de Fleming llegaron a manos del director de patología de la Universidad de Oxford, Howard Florey y se le ocurrió que al descubrimiento hasta entonces ignorado se le podía dar más provecho. Entonces, en conjunto con el químico alemán Ernst Chain, lograron otro paso importante: aislar el ingrediente de la penicilina, llegó luego el bioquímico Norman Heatley y purificó el proceso y hasta se sumó a este proyecto escalonado de innovación, Mary Hunt, técnico de laboratorio en los Estados Unidos quien descubrió que el hongo de una determinada especie de melón producía una penicilina más potente que la de Fleming. Finalmente la fundación Rockefeller financió la investigación completa y por fin se logró la producción masiva de la penicilina, iniciándose entonces, en 1944 la fabricación de este antibiótico que marcó el inicio de una nueva era para la medicina. Miles, sino millones vidas fue posible salvar gracias a este desarrollo que comenzó con un fortuito accidente en 1928 y por el cual, en 1945 la Asamblea Nobel del Instituto de Karoliska en Estocolmo, decidió otorgarles muy merecidamente a Fleming, Florey y Chain, el Premio Nobel de Medicina. ¿Qué tiene que ver esto con Córdoba? Pues “hilando delgadito” encontramos que unos 10 o 15 años después, el doctor Elías Bechara Zainúm, oriundo de Lorica, químico de profesión especializado en bioquímica en México y Estados Unidos, inquieto e inteligente como sólo él podía serlo, siguió trabajando en su laboratorio con la penicilina y desarrolló el Pensolvox, la fórmula retardada de la misma - es decir, diseñada para liberarse más lentamente en el organismo lo que mantiene el efecto del antibiótico durante un tiempo más prolongado en cuerpo propiciando así tratamientos más duraderos y a veces más adecuados para enfermedades como la sífilis. Por supuesto que fue un significativo aporte, el aporte de un cordobés, que afortunadamente fue reconocido y aprovechado en su momento como un perfeccionamiento del popular antibiótico. Entonces, si el desarrollo del doctor Elías Bechara Zainúm se hubiera dado de manera casi paralela al de Fleming y su equipo, no resulta descabellado pensar que también habría merecido un lugar —aunque fuera modesto— en la historia del Premio Nobel. No ocurrió así, porque la ciencia también tiene tiempos, geografías y jerarquías. Pero reconocer hoy su aporte no es un ejercicio de nostalgia regional, sino un acto de justicia histórica con un científico cordobés cuyo trabajo perfeccionó uno de los mayores avances de la medicina moderna. (*) Coordinadora Oficina de Fomento Editorial – UNISINÚ -