
El presidente que Colombia necesita es una persona decente

En primer lugar, un presidente que respete la Constitución; vale decir, que respete la independencia de los poderes. Que no se crea jefe del Congreso ni pretenda que las altas cortes y el poder judicial dependan de sus pretensiones personales. Que respete la independencia de los organismos de control del Estado y no pretenda que la Fiscalía General de la Nación es un ente dependiente de la voluntad de sus caprichos.
Un presidente que sea un gerente. Un gerente, en primer lugar, sabe ejecutar; vale decir: hacer. Que vaya a las regiones, no a montar espectáculos de circo y pronunciar discursos grandilocuentes para engañar incautos. No; se trata de que vaya a las regiones a llevar soluciones sin pronunciar discursos ni montar circos; a escuchar a los alcaldes y gobernadores para construir el desarrollo de las regiones en conjunto. Un ejecutor se mide por los resultados de las obras que hace, no por los discursos que pronuncia. Un gerente además sabe delegar. Sabe escoger a sus ministros y directores de los organismos administrativos del Estado en cabeza de personas altamente idóneas y honestas. Un presidente no puede designar en los órganos de ejecución del Estado a activistas políticos sin ninguna preparación científica ni técnica porque el Estado es la más grande empresa del país y el país requiere para su manejo de personas idóneas y expertas. Un gerente sabe trabajar en equipo y sus decisiones no pueden ser personalistas. Por eso Colombia necesita de un presidente conciliador que sepa interpretar el interés nacional. Que mantenga una relación cordial y permanente con todos los representantes de las fuerzas productivas del país; empresarios, ganaderos, agricultores, trabajadores, industriales, constructores, emprendedores, inversionistas, banqueros; escucharlos y concertar con esas fuerzas productivas las políticas públicas de desarrollo de la nación. Un presidente que entienda que la nación colombiana detesta la delincuencia y que no haga tratos ni entregue al país a los criminales, llámense guerrillas o como quieran; porque la presidencia es una dignidad inmensa que debe ser impoluta y el maridaje de un presidente con los maleantes es una indignidad para el Estado. En definitiva, Colombia necesita de un presidente que no solamente respete la Constitución y el Estado de Derecho, sino que además sea una persona decente.