
El poder público

Una mujer damnificada y las elecciones revelan la paradoja entre lo público y lo privado. El artículo analiza la sobrevaloración del sector público y la importancia de la gobernabilidad democrática.
Por Fernando Negrete M. Hace algún tiempo una señora, ante una inundación, había sacado sus pocos enseres a la carretera obstaculizando el tránsito y al ser preguntada por un periodista que cubría el caso, la señora respondió que ella "no era empleada pública" y que, por tanto, necesitaba ayuda para sobreaguar ante semejante calamidad, lo que fue aprovechado por las autoridades que tenían competencia en la atención de este tipo de desastres y se hicieron presentes con un mercadito de consumo diario y algún tipo de vestuario. Al observar los procesos electorales y el más reciente para elegir en todo Colombia más de veinte mil ciudadanos que van a ejercer una labor administrativa asociada a lo público, se resalta la pasión con la que se viven estos certámenes explicados por la oportunidad de mejorar la situación particular, es la realidad, y en cierta medida, por factores altruistas que buscan superar las condiciones de vida de una comunidad. En torno a lo público se da una paradoja, porque aquí no se generan grandes rentas habida consideración que estas se producen en el sector privado que lo constituyen todas las personas de una sociedad que le tributan a las administraciones públicas, un porcentaje de sus ingresos para que estas inviertan en la creación de condiciones materiales conducente al aumento de la riqueza, con lo cual es un contrasentido atacar lo privado porque se acaba hasta el "bus rumbero". Ahora, sí lo privado es el creador de trabajo y bienestar, ¿por qué lo público es sobrevalorado y pretendido por decenas de miles para acceder a él? Por la sencilla razón que concentra una tercera parte del producto interno bruto, la riqueza líquida nacional, mientras que los ciento veinte millones de hectáreas de tierra, las minas, los bosques, puestos por la naturaleza, por sí solos no dan producto, hay que trabajarlos y si esto no se hace, el propietario de ellos no recibirá arriendo, renta, utilidades o beneficio, pero los tributos si llegan en efectivo a la hacienda pública. Esto puede asumirse como una ventaja de lo público y que garantiza que el "Estado" no se quiebre y que aguante "las verdes y las maduras", como el fomento a políticas anti empresariales bajo el pretexto de impulsar una economía popular cercana a la subsistencia que nunca va a permitir superar la "mala situación". Salir de la informalidad es la vía por recorrer para derrotar la pobreza. Para que la señora de la inundación no vea al empleado público como un privilegiado sino un servidor merecedor de esa dignidad, los nuevos gerentes departamentales y municipales deben ser capaces de liderar un proceso de gobernabilidad democrático y oportunidades para todos. Esta es la mejor manera de pagar la deuda social. No con limosnas ajenas.