
El poder no se contempla, se ocupa

En razón de su historia, es necesario hablar de mujeres, de política y de representación en cargos de poder. No como ejercicio retórico de un 8 de marzo, sino porque mañana hay elecciones, y esa coincidencia no es poética.
Colombia vota el mismo día en que el mundo recuerda que las mujeres tuvieron que pelearse hasta el derecho a votar. No es simetría bonita: es el recordatorio de que la lucha no terminó cuando nos dieron la papeleta. Terminará cuando dejemos de contar cuántas mujeres llegaron al poder como si fuera noticia extraordinaria. Durante demasiado tiempo nos enseñaron a contemplar. Hay una forma refinada de exclusión que no necesita prohibición: basta con dejar mirar sin dejar tocar. La política fue durante décadas ese paisaje hermoso visto desde la ventanilla, las mujeres nominalmente incluidas, materialmente marginadas, presentes en los discursos e invisibles en las decisiones. Y cuando alguna llegaba, se le exigía que no llegara como mujer, que dejara sus asuntos en la puerta, que hablara de los temas importantes. Ahí está la trampa. Porque los llamados temas individuales, la violencia doméstica, la brecha salarial, la economía del cuidado, el acceso a la justicia para víctimas de violencia de género son exactamente eso: asuntos de Estado. Son política económica, seguridad, presupuesto, institucionalidad. Solo se llaman individuales cuando quien los padece no tiene poder suficiente para volverlos agenda pública. Rita Segato lo formuló con precisión: una democracia que no tenga como su deber moral irreductible la defensa del pluralismo no es democracia, aunque represente la voluntad de la mayoría. Porque su estructura carga la figura del sujeto universal, ese que históricamente tuvo género, nombre y privilegio, y expulsa, por diseño, a quienes no encajan. Las mujeres, entre otros. Por eso las llamadas "cuotas", ese nombre que ya minimiza lo que debería ser un derecho, son insuficientes. La Ley 2424 de 2024 exige un mínimo del 30% de mujeres en las listas, como si la democracia se midiera en porcentajes de tolerancia. Por eso la paridad no puede seguir siendo una política de benevolencia institucional, sino un principio constitucional exigible. No se trata de permitir participación, sino de garantizar representación real. Mujeres que no solo estén en la lista, sino que decidan, que legislen, que gobiernen, que transformen desde adentro. La libertad solo cobra sentido en un mundo donde existen otras libertades. Y una democracia donde la mitad de la población sigue negociando y esperando un lugar en el poder no es una democracia plena, es una democracia a medias, administrada por quienes nunca tuvieron que pedir permiso para estar. Mañana es 8 de marzo y hay elecciones. Ojalá ejerzamos nuestro derecho sabiendo que el poder no se contempla desde lejos. Se ocupa.