
El poder no es un espacio de impunidad

Las generalizaciones pueden incomodar, pero son necesarias cuando lo que está en juego no es la experiencia individual, sino estructuras que atraviesan a grupos enteros. Hablar de género no es un exceso discursivo: es una forma de evidenciar desigualdades que, de otro modo, se diluyen en lo anecdótico.
Cuando se habla de los riesgos asociados a ser mujer, no se alude a lo biológico, sino a una construcción social e histórica que ha definido roles, expectativas y límites. Desde el trato en lo cotidiano hasta el lugar asignado en la vida pública. Desde la cosificación normalizada hasta la tolerancia frente a prácticas que, bajo apariencia trivial, encubren violencia. El acoso sexual laboral es una de ellas. No siempre se manifiesta en actos físicos evidentes. Opera también desde la insinuación, la presión, la insistencia no deseada o el uso del poder para condicionar decisiones y afectar la estabilidad laboral. Reducir la vulneración de derechos a la existencia de contacto físico no solo es conceptualmente errado, sino jurídicamente insostenible. Constreñir la voluntad, generar miedo o situar a una mujer ante la posibilidad de perder su trabajo si no accede, también es violencia. Es una forma de control sobre el cuerpo y la autonomía. Pero el problema no se agota en los hechos, sino en las condiciones que los permiten: la naturalización, el silencio, la duda sistemática sobre la víctima y la indulgencia frente al agresor. Denunciar implica exponerse, asumir costos y enfrentar estructuras que muchas veces protegen más al poder que a los derechos. Por eso, cuando surgen denuncias contra hombres en posiciones de poder, el debate no puede reducirse a la presunción de inocencia como excusa para la inacción. El debido proceso es irrenunciable, pero también lo es el deber de prevenir, investigar y adoptar medidas que eviten la reiteración de conductas que vulneran derechos fundamentales. Y porque tolerar estas prácticas - minimizarlas, justificarlas o postergarlas bajo el argumento de la prudencia - no es neutral: es permitir que continúen. No se trata solo de sancionar conductas, sino de cuestionar la lógica que las sostiene. Esa idea de masculinidad que se reafirma en el dominio, en la insinuación constante, en la necesidad de demostrar control incluso en lo cotidiano. Hemos aprendido a sonreír ante lo incómodo, a callar, a no “ser problemáticas”, a fingir tranquilidad cuando lo que se quiere es salir de ese espacio. Ahí también hay violencia. Porque la violencia empieza cuando se normaliza lo inapropiado y se traslada a la mujer la carga de gestionar el comportamiento del otro. Una sociedad que tolera estas prácticas no puede hablar seriamente de igualdad. Mientras el costo de denunciar siga recayendo sobre quien ha sido vulnerada, y no sobre quien abusa del poder, la igualdad seguirá siendo una promesa formal. El poder no puede seguir siendo un espacio legítimo para ejercer violencia contra la mujer.