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Opinión

El poder del voto en las democracias

Valmiro Sobrino Oliveros
Valmiro Sobrino Oliveros
Columnista
1 de mayo de 2026

Hace 375 años en su obra El Leviatán, Thomas Hobbes estableció los cimientos de lo que sería después la sociedad civil y los Estados de Derecho y consagró el principio de que el poder civil no emanaba de Dios sino del pueblo. Toda la filosofía política posterior hasta la Revolución Francesa bebió de este principio, mediante el cual la soberanía recae sobre el pueblo. Después de eso, conseguir el derecho al voto popular fue un camino preñado de espinas y de ortigas, incluso con sangre; hasta el punto que El Leviatán fue quemado en las puertas de la Universidad de Oxford por orden del obispo de Canterbury "por ser una obra del diablo".

Hoy, gozar de ese inmenso privilegio, es una de las razones que nos hace ciudadanos y es por eso que, aunque no esté consagrado en una ley, el voto es obligatorio civilmente porque es un plus que completa la personalidad; es un atributo de la personalidad. No votar es renunciar a ese derecho fundamental y quedar convertido en un paria social. Ahora bien, ¿de qué manera puede un ciudadano ejercer correctamente ese derecho en aquellas circunstancias en las que en alguna elección no le satisface la propuesta de ninguno de los candidatos? Nuestro Estado de Derecho ha establecido un mecanismo jurídico lo suficientemente perfecto para resolver este interrogante: es el voto en blanco. De acuerdo con la sentencia C-490 de 2011 de la Corte Constitucional y la Ley 1475/2011 (Reforma Política), el voto en blanco es "una expresión política de disentimiento, abstención o inconformidad, con efectos políticos". Constituye una valiosa expresión de protesta hasta tal punto que, si el voto en blanco gana por mayoría absoluta (más del 50% de los votos válidos), la elección se declara desierta y se deben repetir las votaciones con nuevos candidatos y los aspirantes anteriores no pueden postularse nuevamente. Con este voto usted conserva su estatus de ciudadano. En segundo lugar ejerce su derecho a la protesta. En tercer lugar, si su voto es mayoritario anula toda la elección; por último, adquiere el derecho a la oposición y a la crítica al gobernante de turno porque usted votó en contra, lo cual no podrá hacer si se abstiene y no vota por nadie sencillamente porque usted no existe como persona política. De modo que, ¡A votar todo el mundo!.