
El peligro de la indiferencia

La apatía política sigue siendo el mayor lastre de la democracia. Aunque la Registraduría Nacional del Estado Civil destacó que la abstención en las pasadas elecciones presidenciales fue del 42%, una cifra considerada la más baja de los últimos tiempos, el dato sigue siendo alarmante. Es incomprensible que casi la mitad del electorado decida ausentarse y muestre desinterés por el rumbo del país. En un escenario donde se define el futuro económico, el silencio en las urnas no es neutral. Al contrario, representa una peligrosa concesión que permite a otros decidir el destino común.
Votar es el único mecanismo para detener un modelo que pretende sostener el desarrollo mediante la inversión desbordada del sector público. El crecimiento sostenible no nace de la burocracia. Actualmente, el tamaño del aparato estatal se ha vuelto fiscalmente inviable porque carece de una correspondencia empresarial sólida que lo sostenga. Sin un tejido corporativo fuerte que genere riqueza, empleo formal y tributación, el Estado se convierte en una estructura pesada destinada al colapso. Lo que hoy se presenta como gasto excesivo, nóminas militantes desbordadas, rompimiento de la regla fiscal y endeudamiento a tasas asfixiantes no es progreso. En realidad, estas acciones trazan un camino que proyecta el empobrecimiento generalizado del país. La fórmula para el progreso exige un equilibrio sensato, tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario. Esta premisa invita a entender cómo deberían coexistir el sector privado y el sector público. El voto ciudadano debe orientarse a restaurar este balance a través de la defensa de principios fundamentales como el respeto absoluto por la propiedad privada y la seguridad jurídica. El libre mercado y la libertad de empresa no son conceptos abstractos, sino las máximas garantías para que los ciudadanos prosperen por su propio esfuerzo. El impulso decidido a la inversión privada, nacional y extranjera, debe ser la prioridad, pues constituye la única fuente real de innovación y competitividad. El Estado debe actuar como un árbitro justo y garante de condiciones, nunca como un competidor asfixiante. Ese 42% de ciudadanos ausentes debe despertar, tomar conciencia que la economía afecta directamente su bolsillo, su empleo y el futuro de cada hogar. Superar la indiferencia y acudir a las urnas es un deber urgente para rescatar las libertades individuales, una invitación clara a que el rumbo del país se decide marchando hacia las urnas y no mirando desde la distancia.