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Opinión

El país del artista

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
25 de mayo de 2026

La procedencia de los creadores evade la rigidez de coordenadas geográficas. Su expansión se dibuja sobre el plano de revelaciones tranquilas. Los artífices de la belleza viven en un territorio invisible donde la memoria de los viejos muros de la provincia dialoga con el pavimento húmedo de las avenidas, con los ríos citadinos que viajan al revés. Nacen los hacedores del arte en el segundo preciso en una tarde de lluvia con olor a tierra seca y asfalto que hierve. Pertenecen a la esquina precisa bajo la sombra de cualquier árbol.

El reflejo de un farol de neón opta por desprenderse del suelo para flotar sobre los techos de palma, sobre azoteas de concreto. Su ciudadanía carece de pasaportes oficiales. Está sellada por la polvareda de caminos vecinales, por el humo de los callejones, por el aroma del pan recién horneado en los zaguanes, por el eco de melodías, trazos ancestrales que finalizaron hace siglos bajo el cobertizo, entre los edificios. El entorno próximo actúa en apenas una evasiva de la materia. Un campanario arruinado de pueblo. Una sirena de ambulancia en la espesura genera una sinfonía en el diafragma del músico. El silbido del viento entre los zarzales, el bullicio del transporte urbano, se vuelve en un poema eterno. El barro de los charcos, el hierro oxidado de fábricas abandonadas, originan una figura inmortal bajo los dedos del artesano. Ese linde físico desaparece. El tiempo suspendido anida en las grietas de las alacenas de madera, en las vitrinas. La cuna del artista se localiza en el asombro permanente de las cosas sencillas. Su verdadera patria se suspende entre el suelo firme de las costumbres ancestrales, en los portales urbanos, en las mecedoras del andén, en el abismo de sueños lúcidos. El rumor del viento del campo, el clamor de las multitudes en la plaza, dicta las coplas al escritor. La luz del amanecer sobre el corral, el fulgor de los semáforos, afina la voz del cantor, guía las pinceladas del pintor, moldea el compás del bailarín. Quien crea proviene de la herida que transforma el dolor común en una vibración luminosa. Pertenece a la reserva de la cotidianidad desvelada. Su procedencia es del gallo al alba, el silbato del rocío nocturno, la bruma sobre la cordillera, el susurro del fogón de la leña, el latido del motor. Su geografía es el alma entera de su pueblo, el mapa de su urbe. ...