
El pacto cultural

El III Pacto Cultural por la Vida y la Paz se firma en San Pelayo. Busca consolidar la paz a través de comunidades culturales del Caribe colombiano.
Por Ensuncho De La Bárcena Este fin de semana se firmará en San Pelayo, a orillas del Sinú, el III Pacto Cultural por la Vida y por la Paz, una apuesta del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes para consolidar la paz, a partir de las comunidades culturales de nuestro país. En esta oportunidad hemos sido convocados setecientos artistas, gestores, artesanos, campesinos y soñadores de ocho municipios del Caribe, pertenecientes a tres regiones emblemáticas: el Sinú (San Pelayo), la Sabana (Tuchín) y el San Jorge (San José de Uré, Montelíbano, Ayapel, San Marcos, San Benito Abad y Magangué). La cultura es campo fértil para la paz, porque es la celebración de la diferencia. El cultivo del espíritu jamás será estéril: la cosecha siempre será abundante, aunque tome tiempo. Quienes trabajan la tierra saben que uno es el tiempo de la siembra y otro el de recolección. Entre uno y otro hay que regar, consentir, cuidar, estar pendientes del cultivo, para que el crecimiento de la planta sea saludable y brinde los mejores frutos. Es tradicional considerar que la cultura es el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico e industrial, de una época o de una sociedad. Y que la educación es la crianza, enseñanza y doctrina que se da a los niños y a los jóvenes: educar es instruir por medio de la acción docente. En una sociedad civilizada, el objetivo de la cultura no debería ser distinto al de la educación: construir conocimiento y sensibilidad que permitan desarrollar nuestro juicio crítico. El conflicto es inevitable en toda actividad humana, porque siempre va a existir la diferencia de criterios ante un mismo fenómeno. De la manera como tramitamos ese conflicto dependen nuestras tres vidas: la individual, la familiar y la colectiva. Si lo hacemos en un entorno de aceptación, respeto y consideración del otro como es, todos crecemos. Si, en cambio, consideramos al otro un enemigo, siempre existirá la guerra. Cuando somos adultos sentipensantes tendemos puentes entre las dos orillas del río. Sabemos que cada una tiene su forma de ver la corriente: para unos, el río de la Historia avanza hacia la izquierda, para otros avanza hacia la derecha. Y ambos tienen la razón. Por fortuna, las doctrinas políticas no detienen el decidido avance del río hacia la mar. No vale la pena perder el tiempo edificando muros sobre el agua. En el Caribe somos gente de paz. Aquí se configuraron culturas que aceptan, asumen, reconocen y respetan la diferencia. Incluso somos capaces de celebrarla. Por eso existen el festival, la tauromaquia y el carnaval.