
El oro del Sinú

El imperio zenú, su riqueza natural y su encuentro con exploradores franceses en el Sinú, revela una historia de oro, resistencia indígena y naturaleza imponente.
Por Fernando Negrete Montes La riqueza natural asentada en el territorio de los antiguos zenúes causa admiración por el manejo dado a la inhóspita y rica naturaleza por estos pobladores que constituyeron un imperio con sus leyes, creencias, sistemas productivos, de comunicaciones, pacifismo y por la leyenda de los sepulcros que contenían grandes cantidades de oro. El sitio de Cartagena en 1815 fue atendido con provisiones que llegaban del Sinú por vía acuática con los productos que se recogían y producían en el medio y embarcaban en canoas y botes con rumbo a la heroica, hasta que los españoles descubrieron la ruta y cortaron los suministros, acelerado la rendición de la ciudad. Treinta años después, 1844, la compañía francesa del Sinú al frente de la cual estaba, entre otros, el científico Luis Striffler, ingresaba por Puerto Zapote, pasando por Lorica y pernoctando en Cereté, para recoger 200 hombres que el señor Flórez, hacedor de canoas, tenía dispuestos para la aventura del Alto Sinú. Rumbo sur contra la corriente y a base de bogas, se pasó por Montería y en tres semanas se llegó a un sitio donde el agua caía en cascadas y el cielo mostraba cerros y elevaciones al oriente y sur, mientras que, al occidente, pura selva, hasta llegar a la planicie del Higuerón, vecino del Murrucucú, punto de acampadero, donde con hacha y machete abrieron la vegetación e hicieron el establecimiento en una tierra que no conocía los rayos del sol. No bien instalados recibieron la visita del cacique Cachichí y la princesa Onomá, dueños de estas tierras porque los españoles nunca tomaron posesión de ellas y les explicaron el motivo de su estadía, asunto que no fue difícil porque estos indígenas no eran "guerreristas", por el contrario, hicieron mucha empatía con los extranjeros, dedicándose a observar lo que hacían. Instalados los equipos se organizaron los operarios en jornadas de 12 horas nocturna y diurna y con rotación a la semana, pero en el tercer turno de la segunda noche, los operarios se rebelaron y no quisieron trabajar porque no habían dormido en el día y necesitaban descansar, asunto que se vio interrumpido por la creciente de la Cruz que arrasó con todo incluido los equipos. Todo se fue al traste, los mosquitos volvieron a zumbar, el Higuerón y el Murrucucú a tronar y ciento ochenta años después el oro del Sinú sigue alimentando una tierra que brota en agua a la espera que una generación la "consienta" y disfrute a plenitud.