
El nuevo basilisco

El populismo económico resurge con desinformación y promesas falsas. Es crucial contrastar esas ideas y exigir al gobierno una gestión eficiente, priorizando el empleo y la inversión pública.
A diferencia de la guerra y el amor, en hacienda pública no todo vale. Hace setenta y cuatro años en un célebre discurso, Gómez Castro advertía metafóricamente sobre lo que él consideraba ideologías amenazantes para la Nación. Vaya coincidencia que un nuevo basilisco ha despertado en épocas recientes, con los mismos pies, pecho y cabeza, pero esta vez con piernas de desinformación, un inmenso estómago populista y fuertes brazos sectarios. Es precisamente el mismo populismo usado para usufructuar la crisis de confianza del electorado lo que choca con la realidad económica. Insinuaciones del grado de “aguacates por petróleo”, “imprimir billetes para salvar el acuerdo de paz” o “la inversión pública no crece por la regla fiscal”, son sofismas que sobran a la hora de hacer política. Pero como en economía no todo vale, es preciso controvertir cada atisbo de tergiversación en esta era de la posverdad. Tal demagogia es inquietante ante el actual frenesí reformador, sobre todo por el daño que causa anteponer proyectos ideológicos a medidas realmente necesarias. De cara a este 2024, una cuestión insoslayable tiene que ver con la capacidad de adoptar políticas contracíclicas. El objetivo debe girar en torno al fortalecimiento del empleo, principal generador de renta para los hogares. Así las cosas, las circunstancias exigen una reactivación impulsada por el gasto público social con mayor eficiencia en el recaudo. Al parecer el gobierno concuerda con este enfoque, pero no es sano lavarse las manos por la actual coyuntura del país con las decisiones del banco central y la regla fiscal. Es necesario que el Ejecutivo evalúe su propia gestión en materia de inversión pública, especialmente en transporte, construcción y el agro. Le corresponde lograr una mejor ejecución presupuestal puesto que, a noviembre del año pasado, solo había comprometido y obligado el 62% de las apropiaciones de inversión. Por tanto, de la misma forma como expone sus motivos frente a la política monetaria y los límites al déficit, debe cuestionarse sobre el por qué a esa altura del año no había gastado lo suficiente. Alimentar el populismo con verdades a medias hace más nocivo el veneno del nuevo basilisco. Aún peor es que nuestros gobernantes caigan en la trampa del comité de aplausos, común de Estados fallidos donde el individuo prima sobre las instituciones. Igual de relevante es que los ciudadanos seamos objetivos a la hora de juzgar las posiciones del gobierno en materia económica, evitando a toda costa el radicalismo político. En cuanto al basilisco mitológico, la tradición grecorromana sugiere que bastaba con mostrarle su reflejo en un espejo para acabarlo. Cuán vigente sigue este antiguo método hoy que, para contrarrestar a la nueva bestia, lo esencial es exponer el daño que puede llegar a causar su veneno. Se hace menester la crítica constructiva y permanente de los líderes de opinión, herederos del escudo de Alejandro el Grande, quienes han de salir en defensa de la verdad.