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Opinión

El nojodazo salvador

Félix Manzur Jattin
Félix Manzur Jattin
Columnista
16 de febrero de 2026

En medio del caos, cuando el agua devora caminos, esperanzas y certezas, también aparecen los gestos que salvan no solo vidas, sino la fe colectiva. Córdoba, castigada una vez más por las inundaciones, fue escenario de uno de esos actos que no caben en el cálculo político ni en el libreto del protocolo. Fue un acto humano, instintivo, valiente. Fue un nojodazo salvador.

Erasmo Zuleta Bechara, gobernador de Córdoba, no dudó. No pidió permisos, no evaluó encuestas, no esperó cámaras. Saltó de su vehículo, acompañado por sus escoltas, y se lanzó al agua turbia para rescatar a un ciudadano que estaba a punto de morir ahogado. El hombre, aferrado desesperadamente a su motocicleta —su única herramienta de trabajo, el sustento de sus hijos— se negaba a soltarla, aun cuando la corriente amenazaba con arrastrarlo para siempre. Allí, en ese instante límite donde la vida pende de un hilo, no hubo rangos ni cargos. Hubo humanidad. Hubo arrojo. Hubo un gobernador que entendió que gobernar también es meter el cuerpo. “¡Suéltala, nojoda!”, le gritó Erasmo, no desde la arrogancia del poder, sino desde la urgencia de salvar una vida. Y la vida ganó. La escena quedó grabada no solo en videos, sino en la memoria de un pueblo cansado de ver autoridades distantes, cómodas, ajenas al dolor real. Erasmo no fue espectador del desastre: fue actor, fue rescatista, fue prójimo. Pero la historia no terminó ahí. Al día siguiente, en un gesto que completa y dignifica el acto heroico, el gobernador repuso la motocicleta del hombre rescatado. Entendió que salvar una vida también es devolverle su dignidad, su trabajo, su futuro. La moto no era un lujo: era el pan de cada día, el medio para sostener a su familia. Ese es el verdadero humanismo: el que no posa, el que no se agota en el instante, el que acompaña después. En tiempos de discursos vacíos, Erasmo Zuleta Bechara dio una lección silenciosa pero poderosa: la autoridad que se arriesga, que actúa y que cumple, se convierte en liderazgo auténtico. Córdoba no olvidará ese día. Porque cuando el agua sube y la muerte acecha, también puede emerger la grandeza humana. Y esta vez, emergió con nombre propio.