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Opinión

El mito del encuentro perfecto

Susana Viera
Susana Viera
Columnista
28 de diciembre de 2025

La sincronicidad no es romanticismo ni casualidad disfrazada de destino. Carl Gustav Jung utilizó el término para describir aquellas coincidencias significativas que no están unidas por causa y efecto, pero que adquieren sentido cuando lo externo coincide con un estado interno preparado para reconocerlo.

Por Susana Viera La sincronicidad no es romanticismo ni casualidad disfrazada de destino. Carl Gustav Jung utilizó el término para describir aquellas coincidencias significativas que no están unidas por causa y efecto, pero que adquieren sentido cuando lo externo coincide con un estado interno preparado para reconocerlo. No ocurre porque el universo conspira, sino porque ya existe un ordenen quien vive el evento. Cuando dos personas se encuentran sin causa aparente, y sienten claridad de estar sincronizados, en ese lugar puede aparecer una certeza silenciosa: “No necesito a nadie más”. Sin embargo, encontrar pareja hoy está lejos de ser una experiencia mística. Es una construcción compleja atravesada por historias emocionales inconclusas, por egos o alter egos y por una cultura que confunde libertad con soltería. La suerte puede propiciar un encuentro, pero el supuesto plan divino que rara vez es sencillo, suele ser un camino lleno de intentos fallidos, relaciones desiguales y vínculos que no prosperan hasta que algo en nosotros se reorganiza. Porque no se puede ser pareja desde el desequilibrio. Desde ahí solo se transita por la vida del otro como pasajero. En este escenario aparece una figura recurrente: el hombre esquivo. Aquel que, cuando se encuentra con una mujer emocionalmente disponible, amorosa, clara, sin miedo a expresarse, pierde interés. No es un fenómeno etario ni una moda contemporánea; es una estructura relacional antigua. Para muchos hombres, el deseo sigue anclado a la conquista. El interés surge del desafío, no de la reciprocidad. Cuando la mujer no huye, no se oculta ni juega, deja de ser estímulo y se convierte en espejo. Y no todos están preparados para ver su reflejo. Para muchas personas, la intimidad no se vive como refugio sino como amenaza. La cercanía emocional activa alarmas internas de peligro, por eso retroceden. Entonces invocan la libertad, el espacio personal, cuando en realidad lo que falta es capacidad de sostener un vínculo que exige presencia y coherencia. Un encuentro, para muchos hombres, es solo eso, una oportunidad de elegir. Y eso se aleja de sentirse elegidos por el destino. Frente a esto, la mujer creyente en conexiones suele pagar el costo más alto. Su honestidad se confunde con toxicidad. Su disposición, como persecución y aburrimiento. Pero no hay nada más desafiante que una mujer que no necesita esconder sus sentimientos. Coincidir no es que alguien llegue, es que se quede. En un sentido muy personal, no ocurre cuando dos personas se encuentran por azar, sino cuando ambos han llegado al mismo punto de la vida, con una capacidad interna de entregarse al mismo tiempo. Y cuando eso no ocurre, no hay destino que justifique la espera. El encuentro perfecto no es con otro, es con uno mismo. Elegirse es una decisión consciente y forma parte del orden interno del que hablaba Jung.