El miedo y la culpa como guion para las mujeres
El "guion del miedo" somete a las mujeres a la constante amenaza de violencia, inculcando culpa y limitando su libertad. Roles sociales y religiosos perpetúan esta opresión.
Por Omaira L. Henriquez M. En la narrativa cultural, las mujeres somos objetos de violencia; la conclusión generalizada es que necesitamos ser protegidas. Es otro resultado más del "guion del miedo" visto como ese conjunto de enseñanzas que nos insta a temer las agresiones, en especial las sexuales, pero además de otros tipos. La posibilidad de un enfrentamiento nos aterroriza constriñendo la manera en que vivimos nuestras vidas, obedeciendo una serie de consejos que nos dictan para evitar problemas: no andes por la calle sola de noche, no viajes sola, lleva pantalón por debajo de la falda, tómale la placa del taxi, cruza la acera si ves a alguien raro, lleva las llaves en la mano, llámame cuando llegues, etc. El guion del miedo intersecciona varios sentimientos que acompañan a la mujer desde la infancia. La culpa es una herramienta de control social, para establecer una relación de dominación con un individuo. Se le responsabiliza de cualquier suceso que le afecte negativamente tanto a él como a su entorno. La religión judeocristiana es experta en instrumentalizar este sistema de culpa/castigo. Y según su tradición, las mujeres somos causantes de muchos de los males que la humanidad padece. De hecho, el premio a la primera culpable de toda la historia se lo lleva una mujer: Eva, por desafiar a Dios y tentar a Adán con la dichosa manzana. En otras versiones tenemos a Lilith, culpable de ser demasiado independiente y condenada por este motivo a convertirse en un demonio. A Partir de ahí se desata el caos en el mundo: a nosotras se nos castiga a parir con dolor y a ellos a tener que trabajar para mantenernos, de ahí doble culpa para las mujeres, por un lado, responsables del pecado primigenio y, por otra, de provocar la tentación, haciendo que aflore la maldad del hombre. «La astucia de siglos de historia represiva consiste en convencernos de que nacemos pecadoras y nuestra existencia como tal es una infracción>>, afirma Liliana Mizrahi en su libro Las mujeres y la culpa. Toda nuestra realidad, desde la forma en que entendemos nuestra sexualidad hasta la relación que tenemos con nuestro cuerpo o cómo interactuamos con los otros, estará marcada por el sutil velo de la culpabilidad. ¿Esto que estoy haciendo está bien? ¿Debería decir algo? ¿Tengo derecho a hacerlo? Hayamos o no crecido en un ambiente religioso, estas preguntas están inscritas en nuestro subconsciente desde la infancia como una serie de normas y leyes que marcarán cómo vivimos nuestra vida. No podemos olvidarnos de que la identidad femenina se entiende en el imaginario popular como dulce, receptiva, dócil, complaciente, sumisa. Sin autonomía y como simples mensajeras de las intenciones ajenas. Somos educadas para ser hijas responsables, madres cariñosas y parejas indulgentes. Esposas recelosas y amantes pasionales. Pero los roles que nos definen también constriñen nuestra identidad, construyéndola en función de las necesidades y deseos de los demás, aun por encima de los nuestros. Aunque hoy día esta historia nos suene lejana, seguimos siendo herederas del mismo discurso.