
El mar del mestizaje

Hace 57 años, la familia conmemoró su historia de amor, un viaje atávico con raíces africanas. Sus diferencias y unidad, bendecidas por Dios y la genética, los impulsan a seguir creciendo.
Por Ensuncho De La Bárcena El lunes pasado conmemoramos 57 años de la existencia de nuestra familia. Aquel domingo 24 de julio de 1966 recomenzó una historia atávica que cruza los siglos y los siglos. Historia de amor, a pesar del viento y la marea, en la que El Capitán nos guía desde El Cielo. Al ver una foto de nosotros siete, podemos saber que venimos de muy lejos y también de muy cerca. Nuestros genes comenzaron en África su viaje milenario. De allí migraron, generación tras generación, por Asia. Llegaron en rústicas embarcaciones y a lomo de bestias hasta Europa; de donde zarparon hacia América en naos de leyenda. O pudo ser al revés, también. Que iniciaron el viaje en América y luego saltaron a Asia, para llegar a Europa y quedarse en África. Lo que es innegable es que somos felizmente distintos. No solo en asuntos referidos al tono de nuestra piel: ninguna es blanca ni tampoco negra; porque esos tonos de piel no existen, sino en el imaginario y la ficción. Nuestros cabellos son diferentes, unos más lisos, otros menos. Unos rubios, otros castaños y azabache. Los ojos de variados matices, desde el negro hasta el café oscuro. Nuestras sonrisas, nuestros andares y nuestras palabras cotidianas tienen mucho en común, pero cada uno las usa de manera particular. Nacimos de los mismos padres, crecimos en las mismas casas, jugamos en la misma calle, tuvimos la misma biblioteca, la misma enciclopedia Lexis 22, el mismo Larousse, hicimos la secundaria en el mismo colegio. Y, sin embargo, cada uno tomó su propio camino, formó su propio hogar, sin dejarnos de amar, de cuidarnos, de llamarnos, de escribirnos, de consentirnos. A partir de nuestras diferencias y singularidades. Y esto tiene dos explicaciones: Dios nos ha premiado, por lo cual estamos infinitamente agradecidos, y hemos sido privilegiados por la genética. Nuestro ADN quiso aventura, buscó expediciones, soñó navegaciones, imaginó caminos. Ahora veo, con claridad, que esas tres letras no solo significan Ácido DesoxirriboNucleico, "ácido nucleico que contiene las instrucciones genéticas usadas en el desarrollo y funcionamiento de todos los organismos vivos… responsable de la transmisión hereditaria"; sino que también significa algo más profundo y bello: A Dios Nosotros. Porque de Él vinimos y hacia Él vamos. Para llegar hasta aquí fue necesario el amor de cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, treinta y dos tetrabuelos, sesenta y cuatro pentabuelos… y el árbol genealógico se hace infinito. Nuestra casa ahora es en el San Jorge, pero venimos de la Sabana, del Sinú, de Cartagena, del Caribe, de los Andes y tres continentes más. Y seguiremos creciendo. Así sea.