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Opinión

El mamo y la perla

Ensuncho De La Bárcena
Ensuncho De La Bárcena
Columnista
1 de agosto de 2025

Mientras más profunda es la raíz, más alto es el cogollo.

El niño lo aprendió temprano, mientras caminaba por el milenario bosque de la Sierra. Ese pensamiento volvió a él cuando jugaba con las olas del Caribe la tarde en la que supo que tenía que irse lejos, para que cicatrizara la herida del amor de sus padres. Quedó como pez fuera del agua, pero ya su espíritu había encontrado refugio. La música había sido sembrada por su abuela, en el corazón de la catedral. El recuerdo de la montaña sagrada siempre lo acompañó y le ayudó a surfear el melancólico verde de los Andes. Al pie de su madre, el adolescente descubrió entre el ruido de los motores de la gran ciudad, un mundo de canciones íntimas que iban del bambuco a la balada, del pasillo al rock. El impetuoso humo de la medianoche le enseñó el lenguaje de los cuerpos, siempre habitados de una sed antigua y comprendió que uno pertenece a lo que más extraña. Halló la mar en los ojos de la musa, pero el Caribe de su padre le seguía bronceando la piel de la memoria. El joven volvió al reino de su infancia, donde una vez fue posible el paraíso. Enamorado recorrió las calles en bermudas y sandalias, inspirado comió alegrías con la dama de la pantalla y se reencontró con los sonidos y las galladeras de mamo de la casa paterna. La luna de miel pudo prolongarse buen tiempo, pero hay verdades contra las que no vale la pena luchar. El cristal se rompió y derramó sus colores de otra esfera. Un poco antes de cumplir los 30 le brotó una nueva rama al árbol. Y la savia musa dio sus frutos. El primero de ellos llegó el año del quinto centenario del encuentro de los mundos. De la mano con la paternidad comenzó el camino de la sabiduría. Se cobijó bajo la sombra del grupo de amigos entrañables y los hermanos mayores del corazón del mundo. Y comprendió que aprende el que escucha y se hace mamo el que practica. Se le reveló el mundo de los clásicos que le permitió viajar a la tierra del olvido y volver cargado de canciones. Llegó a su vida una fruta de luz y después se volvió a quebrar el espejo. Pero él ya sabía su rostro. Al amanecer de este siglo encontró a su Reina y conoció lo mejor, lo sagrado, lo real. Nacieron una mítica guerrera y un apóstol de amor. Y supo que su destino estaba cifrado en la perla que encontró aquella tarde, en una playa dormida.