
El líder mesiánico

Líderes que se creen imprescindibles, como Petro y Milei, construyen un relato de salvación, distorsionando la realidad. Su ambición, alimentada por el poder, pone en riesgo la democracia.
Por Víctor Solano Franco En la historia de la humanidad hay un tipo de líder que nunca pasa de ‘moda’: el que se cree imprescindible. Desde los caudillos latinoamericanos hasta los autócratas modernos, estos personajes construyen un relato en el que ellos son la única opción viable para su país. Sin ellos, aseguran, todo colapsará. Son redentores autoproclamados, convencidos de que su destino es gobernar a perpetuidad. En América Latina, Gustavo Petro y Javier Milei representan versiones contemporáneas del fenómeno: aunque sus modelos son opuestos, ambos ven su papel como una misión histórica. Se presentan como salvadores de un país que, sin ellos, está condenado al desastre. La pregunta central es: ¿qué pasa en la mente de estos líderes? Más que gobernar, parecen estar poseídos por el personaje que han construido. Se miran al espejo y ven un libertador, un genio incomprendido e infravalorado, un mártir de la causa. La crítica se convierte en persecución, la oposición en traición, las instituciones en obstáculos que deben ser moldeados a su conveniencia. El poder, como bien advertía Lord Acton, “tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Pero en estos casos no se trata solo de corrupción en el sentido económico, sino de una distorsión psicológica: el líder deja de verse a sí mismo como un ser humano falible y se transforma en una figura mitológica. Se convence de que su misión está por encima de las leyes y de la democracia misma. Lo más preocupante es que la política global parece estar cada vez más dominada por las emociones que por la razón. Los líderes mesiánicos entienden esto a la perfección. No apelan a la lógica ni a los datos, sino al miedo, la indignación y la esperanza. En un mundo donde la incertidumbre económica, la desigualdad y la desconfianza en las élites son moneda corriente, el discurso del salvador encuentra tierra fértil. El problema es que, una vez en el poder, estos líderes rara vez se marchan por voluntad propia. Cambian constituciones, persiguen a sus críticos o hasta proponen manipuladas consultas populares para darle gusto a las masas con preguntas hechas como por un candidato a personero de colegio. Su misión se convierte en un fin en sí mismo, y el país entero es sometido a su necesidad de trascendencia. Cuando un líder se cree imprescindible, su nación corre peligro. La democracia no se construye sobre hombres providenciales, sino sobre instituciones sólidas y ciudadanos críticos. El gran desafío de nuestro tiempo no es encontrar nuevos salvadores, sino aprender a prescindir de ellos.