
El lenguaje y la grosería

El presidente, con su lenguaje y acciones, polariza el país. Su estrategia de presión y el uso de un discurso "ordinario" preocupan, anticipando una campaña marcada por la controversia.
Por Rafael Hernández Mestra Ha sido costumbre que, al hablar, sobre todo en público, se debe tener cuidado en el uso del lenguaje más si se trata de dirigirnos a personas mayores o que ostentan determinada dignidad. Sistemáticamente, el Presidente de la República en sus intervenciones ya no solo se ha dedicado a descalificar a sus opositores, sino que está utilizando un lenguaje que es propio de los mercados de lo ordinario y que desdice de la figura presidencial. Es cierto que la política ha llegado a su mínima expresión y a su más baja degradación, pero el uso de un lenguaje procaz, máximo si viene de quien constitucionalmente es el "símbolo de la unidad nacional", puede estimular las más bajas pasiones y genera consecuencias imprevisibles si se generaliza ese estilo de comunicación entre gobierno y opositores. Atrás quedaron los tiempos de los grandes oradores que discurrían con respeto a las normas, a las reglas de la sintaxis y sin hacer un sancocho o mezcolanza de temas. La forma como el Presidente de la República está conduciendo el país no es de "unidad nacional" sino de polarización. Por ejemplo, en el discurso de la celebración del día del trabajador, blandió la espada de Simón Bolívar y agitó la bandera de "guerra a muerte" y redobló su estrategia de presión para que el Senado dé su visto bueno a la consulta popular sobre la reforma laboral y hasta insinuó con una revocatoria del Congreso si no se aprueba su iniciativa. Esa es una forma de extorsionar al Senado diciendo que si no aprueban la reforma, el pueblo los va a revocar y podría sacar la reforma por decreto, cosa que es completamente falsa e inconstitucional. El Congreso tiene toda la facultad y potestad de negar la consulta popular por las decisiones y argumentaciones que a bien tenga. Lo cierto es que la agenda política nacional, y especialmente la del Senado, girará alrededor de la consulta en las próximas cuatro semanas, tiempo en que debe demorarse el Congreso en estudiarla. Podría incluso significar el atraso de varias discusiones que se adelantan en esa corporación, como la reforma de la salud. Para ser sincero, hasta el día de hoy no hay claridad sobre el resultado de la consulta y el Gobierno se jugará buena parte de su capital político en esa contienda que podría elevar los niveles de polarización. En otras palabras, empezó la campaña del 2026.