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Opinión

El juego de las palabras

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
24 de febrero de 2025

La palabra, origen del hombre, ha evolucionado desde verbos y nombres hasta expresiones del alma. Su poder reside en la memoria, el arte y el juego, revelando y disimulando.

Por José Arturo Ealo Gaviria En la palabra vive el hombre —se dice. La historia de las palabras narra que primero fueron los verbos. A los verbos siguieron los nombres. Luego aprendimos a señalar los atributos de las cosas y sus relaciones. A expresar los movimientos del alma, del amor, de la aflicción y la alegría. La palabra estuvo al inicio del canto para facilitar el recuerdo. Hubo un tiempo que proliferaron las técnicas con el fin de potenciar la memoria recurriendo al poder de la imagen, a iteraciones de la rima o a los tiempos de la cítara para fundar un texto en la conciencia, al igual que los rapsodas griegos entre los lejanos cantores japoneses. Y más tarde surgieron los demiurgos ("Supremos artesanos") descendiendo del cielo con el alfabeto para facilitar las cosas. En gratitud, los aedos (cantores épicos de la antigua Grecia) acostumbraban invocar a los dioses en el umbral de sus relatos. Y la sinceridad, en la mentira monda y lironda, en la cautela diplomática, en la taimada política y en las seducciones de la publicidad, proyecta su sombra sobre el lenguaje: revela pero también disimula. Está hecho de luces y penumbras como todas las cosas, aún las más divinas, valiosas y puras. En los santos que aspiran al absoluto, la palabra que no es oración es pecado, mero despilfarro de babas. Pero entre los seres comunes y pedestres, en todos los lugares, la capacidad para expresarse se confunde con el talento. Y la caligrafía y la ortografía, fueron un tiempo muestras de decencia como el aseo corporal y la corrección en el vestido. Los chinos, los japoneses y los árabes mantienen la pasión por la caligrafía convertida en un arte. La magia de la palabra inscrita en el espacio a veces embelesa. El diseño del propio nombre era un altar. Se dibujaba con orgullo y con espanto donde había un espacio vacío. Una dimensión del lenguaje fuera de su cabida para confesarnos o mentir es el juego. El juego es una forma de la alabanza y de la gratitud. François Rabelais, Laurence Sterne, James Joyce, Luís de Góngora, León de Greiff y Tomás Carrasquilla se esforzaron por hacer de la lengua un instrumento de la alegría, un estimulante de la risa y una forma de la acrobacia. El juego está presente en el aprendizaje del habla, en las centinelas y en los estribillos que sin duda fascinan a los niños.