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Opinión

El hombre que me enseñó a narrar

José Armando Benítez Tuirán
José Armando Benítez Tuirán
Columnista
27 de marzo de 2025

Un hombre humilde, con la vida como escuela, enseñó el arte de narrar. Su ingenio y gracia oral inspiraron a sus hijos, herederos de su mágica forma de contar historias.

Por Jose Armando Benitez El hombre que me enseñó a narrar vivió ochenta años y fue muy poco a la escuela, porque la vida fue hostil, injusta y precaria para él y los suyos. Supo que no había nacido para trabajar de vaquero en las haciendas como sus amigos de Belén, así que lo dejó y decidió aprender un arte. En la conducción encontró la manera de ganarse el pan más fácilmente. Fue camionero casi toda su vida y supongo que la soledad en la carretera le hacía llegar a su casa con ganas desesperadas de hablar. Mi hermano y yo vivíamos en su casa en Barranquilla, donde estudiábamos. Fuera cual fuera la hora a la que llegara; nos despertaba. Pedía que le hicieran comida y nos sentábamos a escucharlo mientras él se tomaba un trago de algún licor comprado en el interior del país, siempre traía uno diferente. A un volumen prudente sonaban vallenatos de Enrique Díaz y rancheras del Tony Aguilar. Tenía una gracia especial para narrar. Sus palabras eran las precisas. Algunas muy castizas, otras que ya no se escuchaban y algunas parecían sacadas del pequeño Larousse. Era una mezcla de una cierta erudición con términos criollos que fascinaba a sus escuchas. Sus cuentos nos marcaron, no por lo que explicaban, sino por cómo estaban explicados; la forma terminó siendo el fondo. El uso de las tonalidades dependiendo de la situación narrada, los ademanes, el suspenso creado, las chispas de humor, la intriga expresada y esa capacidad para sorprendernos en los finales que siempre terminaban arrancándonos una carcajada o un gesto de estupor. Los últimos días de su vida los vivió en casa con mis padres. Ya no hablaba tanto, solo lo imprescindible. Durante un tiempo pensé que sus historias se habían agotado, ahora creo, en un arranque de vanidad, que fue la ausencia de su público (mi hermano en montería y yo en Girona) lo que motivó su silencio. Sin embargo, él sabe, porque se lo dije; que tanto mi hermano como yo heredamos de él su gran capacidad de narrar, aunque no de manera oral, sino escrita. Y si no hemos alcanzado a reflejar escribiendo esa magia suya, por lo menos nuestros escritos tienen la intención de emularla. Ahora te despido con la frase que siempre usaste en nuestras despedidas. Suerte y pulso, maestro Toño Sierra, y si la ve (a la tristeza) ... mátela por traición.