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Opinión

El efecto escrache: una voz detrás de otra

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
25 de julio de 2026

Una denuncia hizo en pocos días lo que las instituciones no habían conseguido durante años: cambiar la forma en que muchas mujeres interpretaban su propia historia. Lo que hasta entonces parecía un episodio aislado, confuso o difícil de nombrar comenzó a revelarse como parte de una realidad compartida.

Después de las denuncias conocidas en Caracol Televisión, aparecieron relatos recientes y antiguos. Algunas mujeres apenas iniciaban sus carreras; otras eran figuras reconocidas, acostumbradas a hablar frente a una cámara, pero incapaces de contar lo que ocurría cuando se apagaban las luces. Una habló. Otra encontró en ese relato una explicación para el suyo. Luego habló también. Ese encadenamiento permite comprender el efecto del escrache. Su importancia no consiste únicamente en hacer público un señalamiento, sino en modificar el marco desde el cual otras personas reconocen lo vivido. Una voz no prueba la veracidad de otra ni convierte la reiteración en evidencia judicial. Pero puede romper la idea de excepcionalidad sobre la cual se sostienen muchas formas de violencia. El escrache, sin embargo, no es una sentencia. Es una denuncia pública que puede narrar una experiencia, identificar a una persona o advertir sobre determinadas conductas, pero no establece responsabilidad penal. Esa tarea corresponde a las autoridades y exige investigación, contradicción, valoración probatoria y respeto por el debido proceso. En ese contexto debe leerse la Directiva 001 de 2026 de la Fiscalía General de la Nación. Al reconocer las denuncias realizadas mediante escrache como fuente de conocimiento de posibles hechos de violencia basada en género, la Fiscalía admite algo que debería resultar elemental: el Estado no puede permanecer inmóvil porque la noticia apareció primero en una red social y no en una denuncia formal. Investigar, contrastar la información y buscar la prueba es una obligación institucional. No puede convertirse en una carga adicional para quien relata lo ocurrido. Esto tampoco significa que la presión pública pueda reemplazar la prueba. La respuesta estatal debe evitar dos errores igualmente graves: desestimar el relato por haber surgido en redes sociales o asumirlo como verdad judicial porque alcanzó notoriedad. Entre la indiferencia y la condena anticipada existe un espacio propio del derecho: investigar con diligencia, proteger a quien denuncia y garantizar la defensa de quien es señalado. Muchas mujeres llegan al espacio público después de encontrar silencio, incredulidad o costos demasiado altos en los canales institucionales. El escrache puede abrir una puerta, pero también expone a quien habla al juicio inmediato de audiencias que desconocen los hechos y no están obligadas a respetar las reglas del proceso. El problema, entonces, no es que las mujeres recurran al escrache. El problema es que, con frecuencia, solo cuando una historia alcanza suficiente visibilidad las instituciones parecen dispuestas a escucharla. "Una justicia confiable no debería necesitar tendencias, audiencias ni escándalos para comenzar a actuar".