
El dolor que parte el alma

El doctor Enrique Talero, conocido por su dedicación y alegría, ha fallecido. Su partida deja un vacío en la medicina y en el corazón de quienes lo conocieron.
Por Arianna Córdoba Díaz Cuando a las 4:56 de la madrugada del 15 de enero recibimos la llamada de mi hermana Mónica, inmediatamente supimos que era alguna fatalidad, pero ni en un millón de años habríamos imaginado que era su esposo Enrique quien partía de este mundo terrenal. ¿Y cómo pensar que era el querido doctor Talero el que fallecía si nunca se quejó ni de un dolor de muela? Al contrario, su vida era curar, sanar, salvar la vida de los demás, por ejemplo, a mi papá, ya fallecido, Enrique literalmente lo arrebató de las garras de la muerte en al menos cuatro ocasiones. Llegó a formar parte de nuestra familia en 1980, cuando su progenitor, don Enrique, en ese entonces miembro activo de la fuerza pública, fue designado como Comandante de la Policía en el departamento de Córdoba, arribó la maravillosa familia Talero Sepúlveda a estas tierras y Enrique y Mónica se enamoraron; aunque se separaron un tiempo por cosas del destino, Dios les tenía deparado volver a encontrarse y continuar con la más bella historia de amor que he conocido. Enrique con el paso del tiempo, se convirtió en un miembro especial de mi familia; se ganó con méritos de sobra su lugar preferencial; estaba siempre para todos, con una sonrisa en los labios, sirviendo más allá de sus fuerzas y muy importante: lo hizo hasta el fin de sus días con inmensa alegría. Mientras los demás podemos quejarnos de agobios y penurias, él siempre veía el lado positivo de cada situación. Recuerdo que hace unos once años me escuchó mortificada por alguna situación; él, con el amor de un hermano mayor (que lo fue para mí y mis hermanos, así como un hijo más para mis padres) me dijo: “Busca la felicidad, deja lo que te angustie… Yo me levanto todos los días feliz, porque veo junto a mí a la mujer que amo, porque voy a hacer lo que me gusta: ejercer la medicina atendiendo a mis pacientes, porque veo a mis hijos, porque tengo a mis padres, a mi familia, porque encuentro siempre algo nuevo que hacer y me da felicidad”. Más allá de su innegable condición de esposo amoroso, hijo consagrado, hermano auxiliador, padre incomparable, Enrique fue un querido miembro de nuestra sociedad; aunque cachaco, se ganó el sincero afecto de los cordobeses. Como Médico ortopedista atendía con compasión y humanidad a sus pacientes; era sociable, agradable y por ejemplo, al radicarse una vez más en Montería fue sin que nadie lo llamara al equipo Jaguares y dijo que él quería colaborar con el onceno y así lo hizo, aportando desde sus conocimientos científicos al bienestar de los jugadores y ahí se abrió campo, dejando hoy un vacío y desconsuelo enorme, tal como lo dejó en los corazones de todos los que tuvimos la bendición de conocerlo y compartir con él. Sus tres hijos fueron su adoración, su debilidad; era de esos padres hermosos que no les daba pena decirle a cada uno de sus vástagos “te amo mucho”, cada mañana escuchaba uno de los temas musicales de su hijo Kike en Spotify y se lo dedicaba a su esposa; a la mayor Stephanie, recuerdo que la acompañó al altar con un orgullo inmenso, con la satisfacción de hacer lo correcto: ver a su hija conformar un hogar con Daniel, un inmejorable esposo. A Moni, la segunda, la consentía, la guiaba y lo vimos feliz y pleno cuando ella se graduó de psicóloga. Los muchos sobrinos que tuvo fueron sin exagerar unos hijos más para él, a ellos trató con el mismo amor que los suyos, los consentía de la misma forma y no se cansaba de demostrarles su amor. Sus padres, don Enrique y doña Luz eran la niña de sus ojos; con qué entrega veló por ellos, a la menor oportunidad viajaba a Bogotá para estar con sus progenitores y cuando la autora de su vida falleció, su padre se convirtió en el centro de su atención, precisamente Enrique estaba por estos días atento a ver cómo celebraba los 90 años que su papá “El Papi” cumplirá en mayo de este año. Enrique partiste, es aún increíble de creer; tus compañeros de Emmaus quedaron en shock y te ofrecieron una despedida impresionante en la que siete sacerdotes visiblemente adoloridos presidieron la ceremonia en la iglesia San Pablo Apóstol, donde precisamente la noche antes de tu fallecimiento habías compartido con ellos. Las caras tristes de tus colegas y colaboradores en la clínica Cumi por tu partida conmovió a todos; los pacientes que atendías no han dejado de lamentarse; tu padre, tus hermanos Luz María, Giovana, Mauricio, Angelita están inconsolables; nosotros acá en Montería, desde tu suegra “Doña Doña” a quien quisiste genuinamente hasta tus cuñados, concuñados, sobrinos y claro está tu esposa e hijos, no podemos ni recordarte sin que los ojos se nos inunden de lágrimas. Cuánto te aprendimos, cuánto te amamos, cuánto te vamos a extrañar… Si Dios lo permite, cuando Él nos llame de este mundo a su presencia, perdone nuestros pecados y podamos estar junto a ti, junto a mi papá, junto a tu mamá y a las almas de todos los seres queridos que se nos han adelantado. Finalmente, Enrique, si hay una palabra para definir tu memorable paso por nuestras vidas, esa es generosidad. Nunca te guardaste nada para ti, diste siempre más de lo que se pidió, sobre todo, amor. Paz en tu tumba, hermano querido.