
El día en que el río nos recordó quién manda

El pasado 1 de febrero, Montería vivió algo que no se veía hacía más de un siglo.
El río Sinú recibió 13 veces más agua de la que normalmente recibe en febrero. No fue una creciente cualquiera. Fue una fuerza desbordada que buscó su camino… y lo encontró. Rompió. Se salió de su cauce. Volvió a ocupar lo que alguna vez fue suyo: ciénagas, canales naturales, territorios que durante años olvidamos que eran parte de su dinámica. Y en ese recorrido, el agua no distinguió. Entró a corregimientos, veredas y a dos comunas de la zona urbana. Durante 25 días, miles de familias vivieron con el agua dentro de sus casas. Pero no era solo el agua del río. Era una mezcla con aguas residuales, con sistemas colapsados, con lo que queda cuando la naturaleza y la falta de planificación se cruzan. Fue una emergencia sin precedentes. Un golpe profundo, no solo a la infraestructura, sino a la dignidad de nuestra gente. Más de 70 mil personas damnificadas, cerca de 23 mil familias. Más de 1.400 viviendas destruidas y miles más inhabitables. Escuelas cerradas, centros de salud afectados, el campo golpeado, comerciantes que lo perdieron todo. Montería estuvo de luto. Pero también estuvo de pie. Desde el primer momento, actuamos. Evacuamos, protegimos, intervenimos. Cerramos los puntos por donde el río rompió, rehabilitamos vías para llevar maquinaria, ayudamos al agua a salir cuando su curso estaba bloqueado, instalamos motobombas, recogimos toneladas de residuos, atendimos una crisis sanitaria enorme. Lo hicimos rápido. Y lo hicimos juntos. Porque en medio del dolor, también vimos algo que nos define: Una ciudad solidaria, una ciudadanía que respondió, miles de personas ayudando sin pedir nada a cambio. Pero cuando el agua baja, queda la verdad. Y la verdad es que las ciudades no pueden seguir creciendo dándole la espalda a sus ecosistemas. Durante años, en muchas partes del país, la presión por resolver el déficit de vivienda llevó a ocupar territorios que no debían ocuparse. Zonas que no eran urbanizables, pero que terminaron siéndolo. Zonas que no eran seguras, pero que terminaron habitadas. Y el problema no es solo técnico. Es humano. Porque detrás de cada casa construida en zona de riesgo hay una familia que buscaba una oportunidad. Y detrás de cada decisión pública hay una responsabilidad. Hoy sabemos que no podemos seguir repitiendo ese modelo. En Montería hemos venido trabajando en una visión distinta: Entender que la biodiversidad no es un obstáculo para el desarrollo, sino su base. No se trata de elegir entre vivienda o naturaleza. Se trata de entender dónde sí y dónde no. Se trata de convivir y habitar sin generar daño, porque ya vimos lo que ocurre cuando se invaden espacios que no nos pertenecen porque no son habitables. Por eso hoy hablamos de reubicar familias que están en zonas que son, literalmente, propiedad del río. No por capricho, sino porque la vida está primero. Por eso hablamos de soluciones basadas en la naturaleza: canales, pondajes, recuperación de caños, infraestructura verde que proteja a la ciudad en lugar de enfrentarla al riesgo. Por eso proyectos como Parque Las Lagunas, La Ronda del Sinú y Businú no son solo apuestas ambientales. Son decisiones de ciudad. Son una forma distinta de planear el futuro. Pero también somos conscientes de algo: esto no se resuelve solo con buenas ideas. Recuperar Montería requiere inversión, decisión y solidaridad. Hemos invertido ya más de 25 000 millones de pesos en la atención de la emergencia. Pero la recuperación estructural de la ciudad requiere un plan cercano a los 700 mil millones de pesos. Reubicar familias, reconstruir viviendas, recuperar vías, fortalecer el campo, apoyar a los comerciantes, proteger el río y ordenar la ciudad alrededor del agua. Esa es la tarea. Y es una tarea que no podemos hacer solos. Hoy Montería sigue necesitando ayuda. Porque la emergencia no terminó cuando el agua bajó. Ahí fue donde empezó lo más difícil. Empieza cuando una familia vuelve a su casa y no encuentra nada. Cuando lo que antes era un hogar hoy es solo una estructura vacía. Por eso hoy seguimos tocando puertas. Por eso hoy hablamos de solidaridad. Por eso hoy pedimos que el país no nos olvide. Pero también por eso hoy decimos algo con claridad: Las ciudades que no aprendan a respetar sus ecosistemas están condenadas a repetir estas historias. No se trata de frenar el desarrollo. Se trata de hacerlo bien. Porque al final, el río siempre encuentra su camino. La pregunta es si nosotros vamos a aprender a convivir con él… o si vamos a seguir ignorándolo hasta que vuelva a recordarnos, como lo hizo ese 1 de febrero, quién tiene la última palabra. Montería ya tomó una decisión. Y no vamos a retroceder.